Tropiezo nº 1000

mujer-para-febrero

Aprendí a escribir bonito para vestir cada día la tristeza de belleza,

porque así, aprendería a mirarla con la pupila tan dilatada como tu sonrisa

cuando te crees que me he dado la vuelta mientras te cambias.

Aprendí a quererme a base de noes y tropiezos

y de respuestas absurdas a preguntas que no vienen a cuento.

Aprendí que la risa tonta de un lunes cualquiera

era de las pocas cosas que merecen la pena

si compartíamos espacio y puntos suspensivos.

Te prometí que cada letra llevaría tu perfume

pero sólo hasta que dejase de oler a ti mi corazón

y, hasta la fecha, tu aroma permanece.

He hecho limpieza de sapos muertos

desde el día en que decidiste abandonar la charca el último,

por ti, por mi y por todas esas razones que desafinaban en mis oídos

en ese instante en el que mordí suelo de nuevo.

Aprendí a darme la razón en todo aquello que intuyo,

a coleccionar recuerdos inservibles que ocupan más espacio que ganas,

a ser ese yo que me robaban tus besos,

a besar con el aliento encendido y sin mirar la cara b de tus pecados,

aunque me supiese a inercia tu boca,

aunque fuese vestida para conquistar mis lunares uno a uno.

Aprendí que no sólo estaba la moribunda cadencia de nuestros latidos

en cada frase que nos dijimos,

sino también el empeño por hacernos cicatrices de la nada

sólo por el hecho de sentirnos más muertos que vivos

y así sentir el tropiezo más fuerte,

porque cuanto más duele mejor se olvida…

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2 comentarios sobre “Tropiezo nº 1000

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