A tiempo de todo…

Sin título

Observo esta realidad desenfocada desde la imprudencia de mis tacones y me niego a bajarme, otra vez, por esa intolerancia heredada de masticar asfalto con las prisas de la inercia. Al fondo diviso la cuerda que, aunque floja, sigue sosteniendo tus deseos de que esta vez todo sea distinto pero… es igual. Nada cambia si la primera que no muta soy yo; si me quedo a esperarte en el quicio de mis recuerdos, como antes de convertirlos en piedras, a la sombra de aquellos besos que cayeron de la rutina sin querer, por descuido, y se escurrieron entre los dedos de una mano que les invitaba a comerle el alma. Y tú, no me digas que prodigas ejemplos de cómo calarme hasta los huesos con una simple mirada, ni me hables de justicia cuando fuiste el primero en malvender todo el humo que respiramos, mientras mi lengua hacía cola para extinguirte todos esos incendios que te provoqué. Aún crees que sólo quedan las cenizas mojadas…

No trates de borrarme como ese lunar que nació en el lugar equivocado y que se oculta tras la cicatriz más profunda que se quedará para siempre bajo tu piel. No trates de enterrarme sin motivos cuando te sobren las ganas de besarme, ni entornes la mirada cuando me veas cruzar la esquina de tu memoria, eso no va a apagarme. Te diré, de nuevo, que la risa siempre gana en el planeta donde aparcan los necios y que yo sigo necesitando morderte la boca cada noche para entender de una puta vez que tu peonza ha dejado de girar en mi misma dirección, que dejé de esquivar besos robados de segunda mano para sentirme mejor, pero su sabor a usado se vuelve cada vez más amargo. No quise darme cuenta de que el infinito más sabroso estaba en tus ojos cerrados y no supe bajarme del vagón, en marcha, cuando pasó por esa estación donde el invierno perdió todas las ganas de abrazarme.

Te diré también que aún estamos a tiempo de todo… de decirnos esas verdades a medias que lubrican la esperanza de seguirnos sumando, de brotarnos nuevos latidos, de evitar el letargo en sábanas que tienen poco o nada que contar y de gritar tan fuerte, que el eco de otra eternidad contigo retumbe para siempre en mis oídos.

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