Un séptimo sin ascensor

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Elévame la mañana hasta un séptimo sin ascensor

y grítame las ganas con tus dedos,

encendiendo cada lunar que arrases,

como si acariciarlos fuese delito y nadie te vaya a mirar.

Hazme ese miedo placentero de probarte realidad

y prepárame un café cargado de besos y promesas,

las que tú tienes y yo quiero, las que nunca me dejan en espera,

esas que tienen el mismo tacto que tu mirada al desnudarme.

Mírame, sálvame de naufragar cada mañana en la pereza

y desgástame las dudas hasta dejarme en blanco,

sin nada más que la sed borrosa y la infancia herida,

entiérrate en mi y agárrate a mis ojos, a mi boca y a mi lengua,

como siempre cada vez que quieres salvarte la vida.

Elévame por encima de las nubes y déjame caer en tu pecho,

para morir, una vez más, en ese lugar llamado mundo.

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Pétalo nº 6: Me quiere…

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Y… ¿Todavía lo dudas? Siempre me ha querido, con mis excesos pecando de gula y mis defectos naufragando en el mar de sus ojos, tan negro como profundo, tan frío como mi deshielo en aquellas madrugadas de Jagger en solitario, donde el pretérito perfecto jugaba al despiste con mis cicatrices y mis sueños vacilaban al borde de mi paciente forma de esperarte.

Me quiere pero me duele a ratos, justo ahí, en el quicio de los recuerdos, entre los juicios, los nombres y los verbos. Me quiere próximo a la salida de emergencia por si hay que improvisar alguna evacuación y tapizarnos de urgencia el ego con la nostalgia encendida. Me quiere sin contraseña, sin condición, sin cláusula que rescinda esa manía tan suya de pintarme la sonrisa del rojo más intenso.

Me quiere con todos mis peros, sus miedos que son mis dudas, con la boca inundada de promesas y un corazón tan grande que le desborda el pecho en cada erupción cuando me respira hondo.

Y en el fondo, él y … a veces yo, nos delatábamos las ganas sin comas, haciendo de cada gemido un universo paralelo dónde perder la razón, la cabeza y todos los puntos cardinales. Improvisarle epicentros en cualquier estación para hacerle temblar los cimientos, sigue siendo mi asignatura pendiente… Y aunque me tiente, dejaré de contarle los años a la vida y dejaré que la vida me deshoje los momentos que soplen a favor en cada capítulo de mi cuento.

Horas de humo

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Me fumo la vida en blanco y negro y tus uñas atrapan la escasa compasión que habita en mi piel, el remanente de un pasado sin ganas que aluniza mi presente cuando baja la guardia por derrota. A veces intuyo lo que quiero, otras, en cambio, sólo atisbo bocetos borrosos que se pierden entre la maleza de mis sueños. Me gusta este sabor a caos entre los dientes, poder abrazar cada silencio como si fuese la entraña que vomitó esta humanidad que presume de lo que carece, a menudo, en presencia del peldaño más humilde de la inteligencia. Quiero ascender al techo de tus recuerdos para poder alicatarte las excusas que rezabas en señal de alarma y proteger mi huída hacia el infinito sin que inundes de tentación mis decisiones. Siempre supiste como hacer para que me saltase todos los semáforos en rojo.

Pero, hoy, llegaré tarde al funeral de tus espinas porque no encuentro cordura de mi talla en el cajón de abajo y el entusiasmo me viene grande. Me he perdido casi tantos como te celebro y te celebro tantos como te has ganado… ¡Resucítame las ganas de exhumarte!

Y me fumo el universo en prosa porque me he levantado menos poeta que ayer y eso cierra heridas pero aumenta la sensación de estupidez; esa que siento cuando trato de razonar las madrugadas entre tus líneas y mis dedos. Esos segundos de gloria donde clavaba mis tacones en cada nube de tu cielo y me sentía como un ángel primerizo.

Hoy me he parado a pensarte de más, en este rincón de almohada sin usar, donde los sueños muerden flojo y la sonrisa se queda huérfana de padre y madre. Lo sé, me faltan tus caricias para empezar a amanecer de forma correcta, me falta tu luz ahogándome los bostezos y la pereza, me faltan tus alas empujándome al vacío de la mañana, me falta tu maldita rutina empapada en mi aliento y me falta todo aquello que huele a segunda mano, a intento fallido y a todos los peros que pude cosecharte y que me obligan a echarte tanto de menos que mi desayuno ha dejado de llevar azúcar.

Eres el mundo del que no puedo bajarme y aunque me encanta incinerarte, esta vez, de la forma más sucia y más suave que sé…
¡¡¡Voy a fumarte!!!

I.

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Despertarme al ritmo de tus latidos,

planear la huída al centro de tu deseo

y beber…

Barnizarnos la mañana con sudor

y ahogarnos en las ganas,

sin paraguas, sin pudor,

con todo ese desvelo esparcido

que tiñe las sábanas de lluvia.

Y de pronto, yo…

Y de golpe, tú…

Canciones de lluvia

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Tengo la mañana pegada a la punta de la lengua y todos estos recuerdos, que me hablan de ti, haciendo cola para desayunarme antes de que salga el sol en este noviembre inundado.

Tengo, también, canciones de lluvia en rebajas, el corazón embarrado y la impresión irracional de llegar siempre tarde a todo, por más que madrugue, y entonces sin mirar… y sin pensar, cruzo en rojo la vida por el lado más inclinado. Como siempre. Como una fanática de los trails de montaña mientras Lennon me invita a imaginarme en un mundo cuesta abajo.

Tengo la sensación, a veces, de haber perdido el norte buscando tu sur en una ficción paralela, como cuando quieres pintar a la primavera pero a tu pincel se le han caído todas las hojas. Ya lo sé, estoy un poco loca pero… ¿Y quién no?

Tengo la tentación de morderle las uñas a tu ausencia y esperarte al otro lado del miedo y de pensarte despacio hasta que me brote la sonrisa y se deshaga el hielo. No hay niebla que no pueda disipar una de mis caricias, ni días de luto que empañen tu aliento por más que llueva. Me sigues, ¿no? Apaga la luz al entrar.

Y… mírame, contando estrellas como quién cuenta granos de arroz para una paella de jueves vestido de domingo. Nunca dejaré de asombrarme, ni con la inconstancia más periódica de mis propósitos, ni con ese desorden moral que gravita cada uno de mis silencios, aún así, siempre encuentro motivos para sonreír detrás de las cajas más altas en este almacén de sueños rotos. Esas que contienen los regalos menos accesibles pero más apetitosos, esas por las que te levantas cada día con unos centímetros de más en la ambición sabiendo que, tarde o temprano, te beberás todos tus naufragios y te sabrán a victoria.

Al final del cuento, cuando recuente las metas alcanzadas, sabré que he vivido como quise y no como pude…

Tropiezo nº 1000

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Aprendí a escribir bonito para vestir cada día la tristeza de belleza,

porque así, aprendería a mirarla con la pupila tan dilatada como tu sonrisa

cuando te crees que me he dado la vuelta mientras te cambias.

Aprendí a quererme a base de noes y tropiezos

y de respuestas absurdas a preguntas que no vienen a cuento.

Aprendí que la risa tonta de un lunes cualquiera

era de las pocas cosas que merecen la pena

si compartíamos espacio y puntos suspensivos.

Te prometí que cada letra llevaría tu perfume

pero sólo hasta que dejase de oler a ti mi corazón

y, hasta la fecha, tu aroma permanece.

He hecho limpieza de sapos muertos

desde el día en que decidiste abandonar la charca el último,

por ti, por mi y por todas esas razones que desafinaban en mis oídos

en ese instante en el que mordí suelo de nuevo.

Aprendí a darme la razón en todo aquello que intuyo,

a coleccionar recuerdos inservibles que ocupan más espacio que ganas,

a ser ese yo que me robaban tus besos,

a besar con el aliento encendido y sin mirar la cara b de tus pecados,

aunque me supiese a inercia tu boca,

aunque fuese vestida para conquistar mis lunares uno a uno.

Aprendí que no sólo estaba la moribunda cadencia de nuestros latidos

en cada frase que nos dijimos,

sino también el empeño por hacernos cicatrices de la nada

sólo por el hecho de sentirnos más muertos que vivos

y así sentir el tropiezo más fuerte,

porque cuanto más duele mejor se olvida…

Mírame…

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Mírame… cabalgando las metáforas que dibuja tu cuerpo cuando me eclipsa con ese sabor a familia postiza en la punta de la lengua,
atrapando todas esas razones de más para quererte cuando pierdes todas las apuestas y apestas a derrota,
afilándome las garras para salir ilesa de tus desastres en flor que, aunque tú no lo sepas,  me salvan la vida cada vez que cierro los ojos y el mundo se extingue,
atándome el orgullo a la cintura para poder perderte el norte sin que tengas que agacharte ni una sola vez para volverme insomnio,
aferrándome a las partituras de tu risa como si me fuese a partir en dos y la elección se te hiciese imposible.

Mírame… ébria de ganas por ser tu desequilibrio moral en esta tarde de excusas y frutos secos,
esquivándote los abismos que me bautizan cada vez que naufrago en tu boca,
porque reincidir es muy fácil si me orbitas con esa sonrisa de “te quiero para YA”…pensándote sin hielo y con toda esa lluvia recién exprimida sobre mis mejillas,
recordándote en minúsculas, o algo similar,
buscando tu voz bajo los escombros de este silencio que me abraza los miedos y me parte las costillas…

Mírame…con la sonrisa rota y la esperanza en cuarto menguante, con el otoño subido a las rodillas y con esa sensación de rehén en tus ojos cada vez que me bajas la marea hasta los tobillo. Mírame… desde esa distancia que nos brota y nos empuja hacia orillas opuestas pero mírame hoy, ahora, en este preciso instante… porque te juro que ya no me cabe más vida en los labios para darte.