Boceto de una tarde de jueves

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Esa curiosa sensación de morder asfalto hirviendo con los dientes rotos y el sudor amenazando con traspasar la tela de tu vestido, no son sino algunas de las irónicas ventajas de viajar a primera hora de la tarde en la línea 5 de ese invento subterráneo de irritante frecuencia en días de paros intermitentes.

Una pareja se muerde las ganas de follarse con los ojos y con la propia vida, si les dejan cinco minutos a solas, apoyándose contra la puerta del vagón. Ella exhibe su rolliza y arrugada axila izquierda a modo de reclamo, que va en conjunción con su desacertado vestido ajustado, y que más que realzar su figura la convierte en sinónimo de atroz. Él realiza panorámicas de su escote y su erección va aumentando por segundos, los que tarda su intelecto nivel tortuga ninja en recrear imágenes obscenas con ese tocinito de cielo de caderas anchas que le invita a adentrarse en su canalillo. Ella, con su escaso metro cincuenta y su melena negra azabache, se contonea a ritmo de vía desgastada y aprovecha los vaivenes de los engranajes desaliñados de un metro aquejado por los años y la explotación, para frotar sus muslos contra el centro de gravedad de ese macho alfa de piel tostada que parece querer ponerla mirando al andén, en lo que tarda ella en bajar una vez las persianas a sus pupilas caribeñas.

A mi lado va sentado uno de esos insectos adolescentes que despiertan tus instintos más homicidas y siembran, con sus actos, tus ganas por practicar cortes con ese cuchillo de sierra que te arrepientes de no llevar esa tarde entre tus productos de maquillaje. Su móvil emite la misma canción de Alex Ubago para todo el vagón. Una y otra vez, hasta que memoricemos la letra y la invoquemos como un mantra. Lejos de pegarse el sonido a su oreja, decide compartir tan empalagosas melodías conmigo girando su dispositivo hacia mi nuca y yo, tengo dos opciones: matarle o ponerme los cascos a todo volumen para contrarrestar. Soy cobarde y no me apetece ensuciar mis manos con un rh en plena pubertad, así que opto por la opción menos cruel. Lo que me permite seguir presenciando el panorama concentrándome en las escenas mudas.

Enfrente tengo una señora de rasgos latinos, apostaría que podría ser de México DF porque de sus nudillos sobresalen las asas de una bolsa de “mexican factory” burrito´s home y porque tiene cara de haberse envenenado la faringe con un jalapeño, o eso, o su marido la está dejando por whatsapp. No me extraña… ese vestido de figuras geométricas con el que ha decidido comerse hoy Madrid, podría condenarse con pena de prisión por escándalo público con agravante. Sonrío para mis vísceras y lamento ser tan observadora aunque, en realidad, siempre me ha gustado otear al mundo desde la barrera del disimulo. Vuelvo a sonreír porque caigo en la cuenta de que lo que yo considero “disimulo”, para los que me conocen bien se llama “descaro crónico”. A su izquierda se sienta un señor entrado en carnes y en años, que todavía se cree que llevando las gafas de sol puestas nadie se percatará de su incisiva mirada de pervertido venido a más. Lástima que derroche su maltrecha e incipiente ancianidad en cosechar saliva, cada vez que unos pechos rebosantes pugnen por liberarse de las garras de algún sujetador cedido por el exceso de carga. Pero no le culpo, allá cada cual con sus hobbies. Que se quede con el recuerdo tanto como le permita su ajada memoria e intente masturbar su apetencia en la sombra de su salita de estar si el vigor anoréxico de su cuarta edad se lo consiente.

A mi otro lado va una joven de melena rizada que no para de atusarse sin descuidar la pantalla de mi móvil con el rabillo de su ojo derecho. Estoy empezando a rozar con mi empeine las mieles de la ira. ¡Puta manía de meterse en las vidas del prójimo!

Muy cerca tengo a un hipster de barba recortada y gafas de pasta, que le dan ese toque intelectual y sibarita del que presumen muchos, cuando en realidad lo más cerca que han estado de acariciar la cultura es cuando por error su navegador les abre una página al azar de la wikipedia. En este caso, este especimen me expide cierto olor a mente cultivada. Va enfrascado en la lectura de alguna novela digital que le suscita cierto interés, ya que parpadea lo imprescindible para evitar la sequedad ocular, y que dado su semblante rígido y aséptico bien podría ser de Houellebecq o incluso de Bolaño.

No me apetece seguir psicoanalizándo vidas anónimas y me centro en la música que retumba en mis oídos. Voy demasiado agotada del gimnasio, harta de ver líneas rectas en un mundo que para mí tiene mucho de tangentes por las que salirse y acalorada por este prematuro verano que nos ha robado la escasa brisa por sorpresa. Sólo llevo vestido un “quiero hacerte sudar, sudar y respirar”. No sé por qué me viene a la mente Ferreiro si a mí me ponen los morenos y, últimamente, tengo la posibilidad de gozar del usufructo esporádico de un cuerpo esculpido por el kitesurf, al que ahora le debe estar aflorando una sonrisa entre pícara e irreverente porque me conoce más de lo que presumen muchos y porque ha sabido retar a mi mente como pocos  y estoy segura de que no le sorprende que su esencia se escurra entre mis líneas de vez en cuando o… quizás todas las veces mientras el viento siga soplando a favor.

Al llegar a mi parada, me incorporo, me coloco el vestido, recojo mi bolsa de deporte del suelo y me encamino hacia las puertas que un señor de pelo canoso y camisa de cuadros se digna en abrir para mí. A veces, te tropiezas con gente muy amable que te sube la sonrisa un par de escalones. La serpiente de metal me escupe al andén y la tarde recién parida, de este jueves abrasador, me susurra al oído que las caras y los gestos de la gente se olvidan mientras mis tacones resuenan por toda la estación.

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Naufragio en la 206

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He vuelto a lamerte el alma desnuda

porque sigue acechándome cada día

en esta vida que, por ser tan mía,

ha dejado de ser la tuya…


Y esta vez me sabe a mojito pasado de azúcar,

a gotas de lluvia ácida que me inunda los recuerdos

y parece que, hoy,

se quieren quedar a dormir en la 206

una vez más…

Pero mi mente ha dejado de ser ese desierto

donde se acumulaban todas tus mierdas

y todos esos alientos que desafinaban

en cada beso que me robaban sin querer

y que han dejado de servirme de sustento

porque ya no quiero seguir creciendo…

¿Para qué?

Si se me ha caído la vida cuando ya no estabas,

si he dejado de sumar con los dedos

y todos esos peros que usabas de freno,

han echado raíces fuera del tiesto.

Si todavía presiento tu lengua entre mis dobleces

mientras imagino como te corres con todas,

menos conmigo,

y no me quedan ya finales,

ni maneras de perder lejos de tu ombligo.

Si los libros ya no me salvan de ti

y las derrotas no florecen con luz verde,

si, por un rato, el mundo me ha vencido

o herido… o yo que sé…

Si ya no me apetece abrigarte los motivos

para brindar por un nosotros en diminutivo,

si has dejado en jaque mis sueños

y volado los tuyos con la pólvora

que no quisiste estallar entre mis piernas.

Si la realidad que nos prometía caricias

y derecho a las sobras en el banquete de los triunfadores,

se ha quedado afilándole los gemidos a otra,

y quién sabe, si tú,

serás capaz algún día…

de escaparte de mí.

Y yo…

ahora rebusco entre el hielo,

todas las formas posibles

que me quepan bajo las uñas

para poder salvarme…

de este naufragio.

Lección 7 (el hielo sirve para más cosas que para enfriar las copas)

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Dejar la puerta entornada para que penetre el calor en cada rincón en sombra,

volver a beber adrenalina recién exprimida y seguir notando la tráquea seca,

escuchar cómo los silencios van sembrando el deseo mientras los segundos se corren por ti

y esperar que el tacto vuelva a redimirte las ganas, el pulso acelerado

y esos pensamientos impúdicos que se pasean a tientas por tus noches en off.

Con clandestinidad y sigilo presiento tu aliento en la curvatura de mi espalda,

mientras tu lengua ameriza en ese camino de humedad hacia el infinito

dejando surcos de lasciva impaciencia por dar una vuelta más de tuerca.

Y yo, que llevo dentro tres chupitos de tu ausencia y varias copas de distancia,

te espero con las defensas por los tobillos rozándome los instintos a ras de suelo,

en esa postura que siempre consigue secuestrarte una sonrisa de medio lado.

Y me percibes a través de tus poros y me lees memorizando cada una de mis líneas

y tu respiración deja de pisar el freno porque acabas de recordar…

que sigo odiando los pijamas para dormir y los dolores que apestan a excusa,

y que soy la que se desborda cuando tu mano se pierde entre mis muslos

y la que espera que tu lengua la despierte en su dialecto propio.

Juego a ronronearte en la oreja, te cubro de nuevo los centímetros

y te hago desear dibujar charcos sobre mi espalda,

mientras tus yemas van descubriendo lentamente mi punto de ebullición

y mis caderas se elevan para lamerte los bordes del alma una vez más.

Sofoco cada latido en tus fluidos

y no me canso de ponerme líquida cuando compartimos espacios,

y, a ti, te gusta verme cerrar los ojos cuando te devoro la mente,

esa con la que edificas nuestros putos momentos de cordura ebria,

pero te gusta más cuando los abro y sonrío con la boca llena

porque me encanta verte infectado el rostro de placer.

Sabes que me pierde cómo apellidas mi insomnio con esa mezcla perfecta de saliva y sorpresa,

de pasión mayúscula sin graduar,

de lujuria congelada improvisando lugares en los que aullar.

Me rompes todos los moldes y me sigues la corriente hasta verme desembocar en ti,

mientras yo te desvisto el destino en una noche que promete un frío abrasador.

Ardo de calor y me enciendo sobre tu piel mojada.

Mi cuerpo es ese solar que te inspira cientos de construcciones durante el deshielo,

ese peaje de barreras firmes con tacón de aguja,

ese templo al que peregrinar sin mirar el reloj, ni el tráfico, ni el calendario

y esa mirada del color del océano que envuelve tu éxtasis

y te deriva en resacas de sueño, que siempre merecen la pena.

Me has enseñado a viajar sin pasaporte y sin bote salvavidas,

porque las hostias de vivir sin censuras

saben mejor sin condón…

y porque desde que los glaciares se abren paso entre mis pechos

e inundan mi espalda y mis muslos,

he aprendido que el hielo…

sirve para más cosas que para enfríar las copas.

Siguiente lección…

[Sensaciones, apetencias y otras razones para beber…]

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He vuelto a sentir tu aliento en mi nuca,

pero sólo era un desvarío lamiéndome la piel, imparable,

tan precipitado cómo las agujas del reloj cuando te internas en mi

y te mojas los tobillos con ese rocío que impregna mi instinto.

Mi cuerpo reclama caricias como un mendigo limosna,

pero sabe bien que las fracciones de un segundo ya no son eternas

y, aunque abra ahora las piernas,

ya no vendrás a medio comer, a medio dormir, a medio respirar…

Esas formas tan locas de llamar a mi puerta,

quebrando toda lógica para hacerme el amanecer,

han dejado de rozar mi atmósfera por caducidad,

ya no eclipsaré tu orgullo hoy con mis pechos,

desafiando al azar con besos robados por la espalda.

Ojalá mi humedad bastase para invocarte los gemidos

y mi meta fuese, esta noche, poder trepar hasta tu ombligo;

ese centro del mundo que una vez me sedujo

y me hizo perder las bragas y la razón de un suspiro,

mientras tú, recuerdas?…

te perdías en los suburbios de mis ingles,

lubricando todas esas promesas que salían de mi sexo

y que tú te encargabas de cortar de raíz.

Me declaro adicta a tus huesos, a tus besos y a tu olor,

y a esa manera tan tuya de atravesar mis cascadas con tu lengua,

de desmenuzarme la piel sin horarios y sin ritmos,

y de desearme en prosa para follarme a versos.

Siempre me dejaba comer la mente antes que la piel,

pero cada día me iba acercando más al desastre de tu pecho,

a ese laberinto de escombros con la salida tapiada,

donde dejarse morir es la mejor de la opciones.

Desde que te conozco uso una talla más de alas,

llevo la promiscuidad enroscada al cuello

y mis piernas son el único puente que se abre

cuando tu buque busca unos labios dónde atracar.

Aráñame el verano de los poros,

que tengo demasiada sed de sudores y mucho calor,

y desvísteme todos esos argumentos estériles

que recubren mi conciencia cuando trato de luchar

contra ese deseo que me nace a borbotones

por todos esos rincones que sólo hablan de ti.

Esta madrugada prestada… (by Eric)

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Cuando nadie me ve, suelo perder mis dedos removiendo torpemente los hielos del Gin Fizz, es la única manera de sentir que estoy vivo… es mi curiosa manera de ver la vida a través del caótico estado del agua fría, muy fría, tan fría como esas noches que la soledad se gira, cuando se cruza contigo y te guiña un ojo…
El sabor de la Hendrick´s seca degollándote el gaznate, se lleva para sí el aliento del último beso que diste ayer, del cual no queda nada…
Sólo la certeza de esta madrugada amarga y cortante, nos imprime prisa a las torpes almas que aún quedamos zombis, prisa por llegar de nuevo a nacer para saborear el tiempo que tardamos en morir… Dicen los viejos “…Desearás siempre lo que no tienes y cuando lo tengas, lo perderás…” y, como un niño, lloras y olvidas en un rincón el juguete preciado que tuviste ayer entre las manos… creyendo que removiendo el hielo de tu vida algo cambiará, y el hielo sólo cambia cuando nace el fuego cerca y tibiamente se hace vapor y desaparece como tu ginebra desaparece sorbo a sorbo, entre los labios, en oscuros y sombríos bares de esta madrugada, que no es la tuya… sino sólo prestada porque tú ya no vives.
Siempre cruzas la mirada terca en tus adentros y recuerdas la miel de los labios perdidos, sientes hasta la húmeda caricia de la lluvia en la cara, aquella que resbalaba por su cabello torpe y revuelto mientras contabas una a una las farolas de vuelta a casa.
Ahora, ya no hay casa, no hay lluvia… no hay vida, sólo queda el último destello de un neón azul reflejado en tu copa balón, y el tintineante duelo entre los hielos por saber cuál se llevará tu último sorbo helado de esta madrugada prestada…

Brindis

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Brindo por…

esa cicatriz llamada septiembre,

por cada uno de los pétalos que deshojaste de mi alma,

por la muerte en vida y por la vida muerta

(a veces conviene morir despacio y volver a nacer)

por los musos que beben en copa de balón sin saber de fútbol,

por el desacierto de desesperarte en cualquier esquina bajo la lluvia,

por tu sonrisa cuando me ciega la razón y cuando no…

por tu tacto que me permite seguir perdiendo todos los juicios,

por las nubes con forma de dardo,

por otro Gin Fizz como éste,

por todas esas veces que me arrancaste la piel y no estaba el SAMUR,

por las madrugadas de sábanas sucias y balas perdidas,

por todas las estaciones de tu cuerpo donde deseo bajarme cada día,

por ese polvo bañado en corrientes de codicia,

por las mamparas de baño y todas sus huellas,

por los peros empañados y los cigarrillos sin fumar,

por cada una de las veces que me dijiste “ya está”

cuando todavía no habías ni empezado…

Y brindo por tus mareas reprimidas sobre mi espalda,

por el lado más ácido de tu sombra,

por cada letra que compone tu himno favorito, mi éxtasis,

por que sigamos nadando en lava,

y porque yo…

siga sin quemarme en cada una de tus erupciones.

Tú y yo

tu-y-yo

Yo hacía acrobacias con los días y las palabras y con la pereza de sentirme ombligo de un mundo repleto de carencias, mientras mis piernas retaban al equilibrio y a la imprudencia con decididas zancadas de quien tiene más prisa que miedo y más razones para bailar bajo la lluvia de las que pueda contar con los dedos. Buscaba esa inspiración sin dobleces, ese pudor educado para vencerse a sí mismo ante un stop de risa floja, esa carcajada sin muscular que me cobrase en gotas de sudor caliente; buscaba, también, ese culo prieto de tacto sedoso y esa tempestad capaz de arrancarme de cuajo el bikini en ese mar de tonos apagados y ausentes, donde la ignorancia se viste de puta en oferta y la elegancia está al borde de la extinción.

Tú surcabas la pecera en busca de aristas sin pulir que te sobresaltasen el ánimo, de sirenas con curvas en mayúscula y la timidez tachada con saña, de escalofríos ardientes con el acento en las ganas y las excusas enfundadas, de la excepción subrayada con la memoria blindada, sin taras, sin defectos, sin saldos de cuentas pendientes con la vida y con los lunares todavía sin difuminar. Nadabas entre las mareas muertas, esquivando las miradas de todos esos tiburones sedientos de almas que apuestan su lado oscuro por un puñado de aspavientos. Puede que tu red rota fuese el cebo más valioso, porque ambos sabemos que todo lo que merece la pena dura un suspiro y, siempre, se necesitan salidas de emergencia para huir cuando las alarmas de incendio gritan “fuego”.

Yo fui ese soplo de desconcierto con buena letra que sedujo tus verbos y los condujo al borde de mi cintura para dejarlos caer entre mis piernas , fui el verso que te rozó los poros de la cordura y, aunque todavía dura la embriaguez, hemos vuelto a la orilla. Y desde esta playa te miro florecer bajo la ropa y crecer sólo con evocarme o con recordar tus charcos en mi espalda cuando te descorcho la vida y te desplomas sobre mí.

Tú eras ese bocado de exquisitas proporciones y humedad, que eyaculaba palabras de deseo sobre mi escote y deshojaba margaritas por rutina. Acariciaste mis miedos hasta convertirlos en ceniza y, entonces, la brisa tonta de principios de febrero me hizo un traje de locura sin costura y esculpí esa tentación aguda que germinó un palmo más abajo de tu ombligo y te hizo caer en la rotundidad del “cuanto antes”, sin paladear pros y contras porque sabes que el sabor de la adrenalina recién exprimida es el trago más reconfortante que la ilógica te brinda y tú escogiste desnudarme la sombra y lo hiciste del modo más salvaje con el que pueden mirarse a los ojos dos aciertos que buscan cielos estrellados en los que provocar hogueras y, desde entonces, compartimos ese escalón que nos convierte en iguales y cada vez que nuestras orillas se mojan hasta las rodillas, nuestra piel nos suplica que ,tú y yo, seamos de nuevo uno.