De fobias y hurones

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De niño siempre fui un poco simplón, quizá más de lo normal. Mi mente infantil, nunca se preocupó de todas esas cosas que los proyectos de persona tienden a plantearse cuando están en plena etapa de crecimiento. Mi mayor paranoia era descubrir donde había dejado tirado el chupete el día anterior; me pasaba horas y horas buscándolo a la desesperada, hasta que por fin daba con el en cualquier rincón de la casa, agazapado estratégicamente para despistarme. El vicio del chupeteo lo dejé bastante tarde. Recuerdo vagamente escenas de colegio una vez superado el preescolar, con lo que deduzco que la vergüenza superó con creces mis ganas de mamar a una edad que prefiero enterrar a tres metros bajo el suelo. El síndrome de abstinencia era demasiado poderoso como para que todos los intentos de apartarme de ese consuela-llantos diabólico se quedasen en fracaso, por lo que me dejé arrastrar, sin resistencia alguna, por la necesidad del latex en mi boca hasta que mi mente adoptase la decisión adecuada.

A medida que me iba desarrollando, iba adquiriendo mayor complejidad mental; la parte física, sin embargo, seguía estando dentro de la media. Mi cerebro empezó a hacer acopio de extraños pensamientos que me harían víctima de manías persecutorias y ensoñaciones recurrentes donde el protagonista al que encarnaba siempre terminaba mal parado; de teorías sin pies ni cabeza que ni me molestaba en fundamentar y de ridículos miedos de lo más variopinto que refrenaban todos mis intentos por combatirlos y tratar de llevar una vida normal. Más que aplacar su constante evolución, parecía alimentarlos cada día con el fruto de mi ansiedad.

Mi mente era un gran campo de cultivo donde las fobias crecían veloces a sus anchas y esto me convertía en una persona hermética, introvertida, solitaria y desmotivada para interactuar con el resto de seres. Sin embargo, a pesar de mi rico y complicado mundo interior que obstaculizaba cualquier intento de socializar, conseguí enamorarme. Fue un sábado 16 de junio a las 15:30 p.m. Salí de casa, después de comer unos mejorables macarrones con carne cocinados por la santa de mi madre, para dar un paseo con mi hurón. El parque de las avenidas estaba plagado de palomas y a Bonner, le inspiraban tan poca confianza como a mí, así que decidimos por unanimidad recortar la ruta prevista unos cuantos metros. Tomamos el sendero principal y torcimos a la izquierda, por un camino de piedras y setos que desembocaba en el estanque de las ranas. Con esta especie animal teníamos mayor afinidad. Al llegar al borde de la charca, nos detuvimos a observar la cantidad de mierda que acumulaba el líquido elemento. Las ranas, si las había, porque dudábamos de que en ese ecosistema se diese alguna forma de vida, no daban señales de presencia. Absortos en la superpoblación bacteriana que debía darse cita en ese espacio, no nos percatamos de que alguien pasaba a nuestro lado, hasta que nos saludó amigablemente. Cuando me giré, mis principios de anacoreta se tambalearon como los pilares de un templo. Era hermosa y su mirada hipnótica impedía que mi boca se mantuviese cerrada, ni un sólo segundo, para responder a todas sus dudas y curiosidades sobre la vida de mi hurón. Estaba tan fascinada por mi mascota, que me propuso tomar un refresco en alguna terraza del barrio para que le siguiese contando la vida y obras de Bonner, que lejos de ser interesante, a mí me resultaba tediosa y sin objetivos.

Nuria, vivía al otro lado del parque y estudiaba cuarto de veterinaria. Tenía tres años más que ella, pero mucha menos experiencia en todo. Pasamos una tarde agradable. A ella parecían impresionarla todas mis aportaciones a la conversación y la verdad, es que estaba resultando un diálogo de lo más fluido y espontáneo. Nunca imaginé poder hacer algo así con alguien al que no conozco de nada, pero Nuria hacía, de lo imposible, una realidad.

Después de esa tarde, quedamos para ir al cine, un par de cafés, una exposición de arte contemporáneo, una visita al zoo y varios paseos con Bonner de testigo presencial. Llevábamos viéndonos cerca de un mes, cuando sin programarlo, me dijo que le gustaba. Esa tarde, me desarmó totalmente y no supe qué responder. Bajé la cabeza y observé incómodo el suelo de piedra del parque, fijándome en cada adoquín por separado, analizando su estructura. Nuria se aproximó divertida y tomando mi cara entre sus manos, me obligó a mirarla. Sentía como mi piel ardía al contacto de sus ojos y presentía una fuerte inquietud por el contacto, no podía soportarlo, pero decidí sepultar mi mayor fobia con montañas de curiosidad morbosa por lo que intuía que iba a suceder. Mi corazón estaba desatado y parecía que quería salirse por la boca de un momento a otro, retumbaban sus latidos acelerados en todo mi pecho, lo notaba subiendo por la tráquea con la sangre presionando sus paredes, sentí muchísima sed, un zumbido en la cabeza que me aturdía y no me dejaba reaccionar, mi lengua estaba paralizada ante la inminente visita de otra de su especie, lo veía venir… y vino. Pronto se hicieron amigas. Jugaron tímidas a tientas, rozándose, acariciándose todos los rincones que descubrían, sintiendo como las glándulas salivales segregaban abundante líquido y convertía nuestras bocas en charcos de placer en los que meterse descalzo. A partir de aquel beso, comenzamos a salir como novios. Nos veíamos con frecuencia ya que sus estudios y mi trabajo de informático, se adaptaban de forma excelente.

Habían pasado tres años desde aquel primer encuentro cuando decidimos ir a vivir juntos. Ella trabajaba de veterinaria en una clínica del centro comercial, a mí me habían ascendido a jefe de equipo en la nueva empresa de sistemas en red que mi vieja filial había adquirido para salvarla de una suspensión de pagos por mala gestión. Las cosas entre nosotros funcionaban de maravilla pero para ello, Nuria había tenido que hacer ciertas concesiones en cuanto a mis manías y aceptar los miedos de los que no pude deshacerme como propios. Mi afenfosfobia fue una de esas cosas innegociables e intratables: tenía un injustificado y anormal miedo a ser tocado y me negaba a sucumbir ante un profesional de trastornos mentales por más que Nuria me insistiese. Aprendió a convivir con ello, y se limitaba a tocarme lo imprescindible en nuestras escenas de cama y en general, en nuestra vida cotidiana. No recuerdo cuando adquirí este temor, pero su potencia alcanzó dimensiones dramáticas incluso para mí que estaba acostumbrado, porque me impedía disfrutar plenamente de la persona a la que más quería; sin embargo, acepté esa fobia como una característica más de mi persona y dejé que la vida pasase sin más.

Nunca imaginé tener que enfrentarme a esto, pero al cabo de unos años de convivencia, sucedió algo terrible para ambos. Nuria volvía del trabajo cuando un mercedes clase A, no frenó a tiempo en el paso para peatones de la avenida de Europa. Fuertes traumatismos a lo largo del cuerpo, contusiones y una ceguera en principio total, fueron las secuelas del trágico accidente de tráfico para mi chica. Vivimos momentos de mucha tensión y ella, que deseaba haberse muerto aquella tarde, no podía concebir una vida que no pudiese entrarle por los ojos. Era triste, pero tenía que superarlo y yo tenía que ayudarla. Pasó mucho tiempo hasta que aprendimos a enfocar el futuro con otro objetivo. Fue por esto, por lo que tuve que enfrentarme con uno de mis mayores temores. Nuria había sustituido el sentido de la vista por el del tacto. Necesitaba tocarlo todo para visualizarlo en su interior y así, hacerse una idea de lo que la rodeaba. Conmigo no pudo hacer excepciones y yo, no podía negarle su nueva forma de ver la vida, así que tuve que superar mi fobia poco a poco y permitirle a sus manos largos paseos por mi piel. Al principio, me sentía raro, vulnerable, expuesto a unos roces inocentes que solo pretendían construir mis emociones, mis cambios de humor o simplemente, responder a mis preguntas en forma de caricia, pero pronto dejé de sentirme así porque ella necesitaba tocarme como algo vital y mirando apenado sus ojos vacíos, no pude negarme a dejarme ver.

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Cuando Sophie fue Giselle

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Nunca había visto a la abuela tan nerviosa; ni siquiera la vez en que nos despedimos en la habitación del hospital justo antes de operarse, estaba tan aterrada y eso que iban a extirparle un tumor en el hígado y era una intervención bastante delicada, según el doctor Irureta.

Le temblaban las manos como a un anciano víctima del parkinson y su voz, se había vuelto tan fina como un hilo de seda de araña. Me besó repetidas veces mientras su abrazo me resguardaba de ese ambiente frío y húmedo del camerino. Olía a moho y el mobiliario del lugar recordaba con pereza un pasado colmado de sofisticación y elegancia donde se estrenaban producciones brillantes y se daban cita mareas de espectadores ansiosos, colapsando las taquillas. Le deseé «mucha mierda» creyendo que había escogido la expresión adecuada para aplacar un poco su ataque de histeria, pero mis palabras parecieron agrandar su manojo de nervios, por lo que me limité a observarla con ojos bañados en admiración y darle un último beso en sus sonrosadas y arrugadas mejillas. Ella se dejó querer y luego, me echó para darse los últimos retoques.

Había cumplido ya los 68 años, pero su aspecto le daba opción a reducir la cantidad de primaveras en una decena al menos, por coquetería o por evitar la depresión que la ancianidad lleva pareja y en la que no quería caer bajo ningún concepto. Para mí, seguía siendo un bonito cisne con ganas de volar al que adoraba. La veía estupenda, todavía conservaba una figura esbelta y de porte atlético fruto de todas esas horas de trabajo, sudor y lágrimas que vertió a lo largo de su vida profesional. Mantenía una vida saludable practicando ejercicio de forma regular, equilibrando su dieta y durmiendo mucho. Tanto su estilo de vida como su filosofía eran el mejor ejemplo que pude seguir y a los que me agarraba como un clavo ardiendo cuando fracasaba en mis metas. Siempre me recordaba que una retirada a tiempo es siempre una victoria y así lo había hecho ella justo cuando estaba en la cumbre de su éxito. Una lesión a los 42 años la había apartado de los escenarios durante más de seis meses y consideró que había llegado el momento de colgar sus zapatillas de puntas y dedicarse a otra cosa. Una dura decisión para alguien que vivía por y para el ballet. Su casa estaba llena de objetos que mostraban su afición.

Desde la puerta entreabierta del camerino, era testigo de las últimas pinceladas de carmín sobre una boca que había dicho demasiadas verdades. El maquillaje le confería un aire más juvenil y realzaba su belleza natural sobre el resto de compañeras de actuación. Ella se da cuenta de que todavía sigo entre bambalinas y me lanza una mirada reprobatoria, que hace que tome conciencia de sus deseos de soledad interior los últimos minutos, antes de que el telón la exhiba a la multitud. Alcé una mano, la arrastré a los labios y me arranqué un beso que le soplé cargado de energía positiva. Me dirigí a mi asiento reservado. Bob esperaba impaciente mi regreso leyendo el programa de próximos eventos en el Rialto que, a pesar de estar de capa caída, parece que todavía la rentabilidad alcanzaba para cubrir gastos y seguir pagando sueldos a un personal que había envejecido a la par que la decoración. Esperábamos expectantes que el pesado telón de terciopelo granate levitase en señal de comienzo. El resto de la familia, se apiñaba una fila más atrás. Mi hermano Rober con su nueva novia Patricia, que se había vestido como si fuese la madrina de una gran boda rusa. Mis padres con cara de descontento por el calor que hacía en la sala, no paraban de criticarlo todo aliándose con mis dos tías solteras. Les informo de que la abuela está deslumbrante y que a pesar del ataque de ansiedad que la estaba dejando sin aire, sentí que en el fondo, era muy feliz enfrentándose a esta actuación.

Un grupo de excompañeros que trabajaron en la compañía de la que formó parte durante su juventud, decidieron volver a reunirse después de cuarenta años para volver a sentir ese cosquilleo que les llevó por todos los escenarios de este y otros países. Era como reencontrarse consigo mismos de nuevo, con su pasión, con una vida enterrada en sus recuerdos de forma superficial, con el gusanillo nervioso que les pellizca el estómago antes de que el telón les exponga a un ávido público, en definitiva, era como volver a ser esos jóvenes de antaño llenos de ilusiones y sueños. Se habían preparado durante los últimos meses “Giselle”, un ballet en dos actos, con música de Adolphe Adam y coreografía de Coralli y Perrot, si bien, lo habían adaptado para que durase una hora aproximadamente. El Rialto, les permitió celebrar esa especie de aniversario en un pase el jueves por la noche para familiares y amigos, que finalmente se decidió también aperturar para el resto de público que desease volver a deleitarse con las viejas glorias de la danza clásica. Una opción acertada, porque el teatro estaba al cien por cien de su capacidad.

Sophie Coleman, esperaba impaciente su turno dentro del decorado una vez iniciado el primer acto. Estaba muy nerviosa pero trataba de acompasar su agitada respiración al ritmo de los tímidos violines, sabía que una vez saliese de la casa de cartón piedra que la ocultaba del gran escenario para reunirse con su amado en forma de poesía corporal, toda la tensión se disiparía en el aire como una bruma matinal y … así fue.

El calcetín rojo

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Caía la tarde y Lucía se disponía a cerrar su tienda de ropa. Hacía un calor asfixiante y los aires acondicionados, trabajando a jornada completa, aumentaban en varios grados la temperatura de la ciudad. Para ser lunes, había tenido una recaudación más que decente y eso provocó una ligera sonrisa en un rostro perfectamente maquillado, que se negaba a revelar su verdadera edad. Como cada tarde, desde que tenía el horario reducido de verano, pensaba en su lista de cosas por hacer para aprovechar el resto del día. Sentía la necesidad de que tenía que mantenerse ocupada hasta la hora de acostarse, de lo contrario, daba el día por perdido y según la concepción que tenía de su propia existencia, no podía permitirse ese lujo.

Una vez efectuado el recuento de caja, elaborada la lista de pedidos para el día siguiente y guardado en su caja fuerte parte del dinero de las ventas, se dirigió a la puerta para iniciar la rutina del cierre. Conectar la alarma, cerrar la puerta de cristal de seguridad, bajar la verja metálica y sujetarla con un viejo candado en la parte inferior.

Caminaba decidida, según indicaciones de su estricta agenda electrónica, hacia el boulevard de Crawn. Iba a recoger un paquete en correos, cuando alguien la asalta agarrándola bruscamente del brazo derecho. Antes de que pudiese girarse para protestar, el desconocido acerca la boca a su oreja y le susurra tajante:

—Señorita Rojo, procure no llamar la atención, siga mirando al frente y acompáñeme hasta ese megane que está estacionado frente al quiosco. Voy armado —se apresuró a decir, ante los movimientos de Lucía para desprenderse de las zarpas de su cazador, que le estaban dejando el brazo sin circulación.

—¿Quién demonios es usted? ¿qué es lo que quiere de mí?—quiso saber Lucía, amedrentada por las últimas palabras del desconocido mientras, por el rabillo del ojo, alcanzaba a ver los pelos de una barba negra espesa que le rozaban la sien como si fuese su enamorado. Era un tipo alto, de complexión fuerte por la firmeza con la que la retenía, vestido con traje oscuro y que olía ligeramente a Jean Paul Gaultier. Realmente estaba asustada, la idea de morir esa tarde de agosto, no estaba entre las cosas por hacer de su lista, ni lo estaría en muchos años. Era algo para lo que no estaba ni física ni mentalmente preparada.

—Guarde silencio y siga caminando, por favor, no haga usted que me enfade, tengo muy malas pulgas … — le advirtió mientras su mano incrementaba la presión sobre su antebrazo.

La vida a su alrededor, seguía su curso con lenta indiferencia. Nadie se percataba de la situación. El tráfico fluido, los viandantes absortos en sus propios problemas, los niños correteando en dirección al parque con expresión de júbilo, los perros disfrutando de su segundo desahogo y un sin fin de rutinas que se sucedían ajenas a su rapto.

El extraño al que, por fin, Lucía puede ver de frente cuando se paran ante el coche, le sugiere que entre en la parte trasera. Dentro, huele a tapicería recién estrenada y los cristales ahumados, preservan la intimidad de sus ocupantes. Se sienta obediente y se da cuenta de que hay alguien más en la parte de delante del automóvil al lado del conductor, otro tipo robusto y fornido que sujeta el volante con excesiva firmeza. Una señora de aspecto arisco, con un vestido burdeos de pedrería, gafas de sol y una pamela que le cubre parte del rostro, pierde su mirada en el infinito como queriendo ocultar sus intenciones. Lucía busca el cinturón de seguridad. Está colocándoselo mientras piensa en lo ridículo de la situación. Secuestrada por unos extraños probablemente armados hasta los dientes y ella, preocupándose por no morir si tenían un accidente de circulación. El desconocido que la apresó, se sienta a su lado sin perder detalle de todos sus movimientos. La mujer del sombrero se quita las gafas y se vuelve hacia ella lentamente.

Lucía siente una mezcla de vergüenza, alivio y confusión al mismo tiempo.

—¡ ¿Mamaaa?!! —exclama aturdida.

—Shhhh… no grites querida, sabes que no me gusta que eleven la voz — repone la señora atusándose el pelo.

—Pero… ¿qué clase de broma de mal gusto es esta? Estaba realmente asustada, joder.¡¡No me puedo creer que todo esto sea cosa tuya!! Estás chiflada ¿lo sabes no? —sigue pregonando Lucía para liberar el estrés acumulado en el breve trayecto.

—No es ninguna broma, Lucía. Vas a venir con nosotros y harás lo que yo te diga ¿de acuerdo?

—Ni hablar, éstas no son formas, yo me voy de aquí ahora mismo —protesta Lucía mientras se desabrocha el cinturón y trata de abrir la puerta del coche que previamente había sido bloqueada.

El hombre de la barba, saca una pistola de debajo de su americana y apunta hacia Lucía que aparta su berrinche al instante y se vuelve a colocar el cinto mientras maldice su suerte una y otra vez.

—¿Vas a matarme? Yo alucino contigo mamá, desapareces un día sin despedirte de nadie y ahora regresas de este modo con estos tipejos para ¿secuestrarme? ¿has perdido el juicio? —interrogaba una Lucía fuera de sí.

A una señal de la mujer, con la otra mano, el hombre extrae de su bolsillo izquierdo un calcetín de un color rojo intenso largo como una media. Se lo alcanza a Lucía, que lo mira incrédula y le ordena que se tape la boca con él, atándolo en la nuca. Así lo hace sumisa, decidiendo seguir ese juego de locos para el que no encontraba sentido. Todo era ridículo, los dos extraños con pinta de mafiosos, su madre vestida como para una boda, el secuestro express sin venir a cuento, la chistosa mordaza de calcetín rojo… nada parecía real.

Llegan a un camino empedrado y se paran delante de un portalón de aluminio pintado de verde botella. Una especie de nave industrial. Se bajan todos del coche y acceden al local. Dentro estaba un poco oscuro y olía a moho. A ambos lados se agolpa maquinaria pesada, que algún día había estado a pleno rendimiento. Lucía observa el entorno con cautela, caminando todo lo despacio que le permiten. Al fondo de la nave hay un sillón de polipiel marrón. Ese sería su trono. La sientan y la atan de pies y manos, sin dejar de apuntarla con la pistola. Su madre la mira con los ojos vidriosos, como si verla así, le doliese por dentro. Lucía está atónita y expectante. El corazón comienza a desbocársele y el juego ya no tiene nada de gracia.

—Lucía, querida, ahora vas a llamar a tu padre y vas a pedirle que haga una transferencia a una cuenta que yo te daré. Quiero que ingrese 2 millones de euros antes de este viernes. No le dirás que estoy contigo, tu y yo no nos hemos visto. Dile que estás secuestrada por unos encapuchados y que tu vida corre peligro si no deposita el dinero cuanto antes. Sé breve y colabora, o de lo contrario… nunca saldrás de aquí viva.

No podía creerse que su madre tuviese las agallas para hacer algo así. Tenía que estar en serios problemas para necesitar esa cantidad de dinero y actuar de ese modo así que, decide colaborar con ellos, más por pena que por temor a que la maten.

Volar o morir

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El teléfono comenzó a sonar de madrugada. La melodía asignada a números desconocidos, tambaleó el frágil sueño de Ariadna. Tenía magulladuras por todo el cuerpo que le recordaban la tarde anterior y un fuerte dolor más psíquico que físico. Entornó su mirada hacia la mesita de noche y no dudó en ignorar el reclamo. Como pudo, se giró sobre sí misma y le dio la espalda a una realidad que la acechaba incesante y de la que no podía o no sabía cómo liberarse. Apretó de forma inconsciente los puños, clavándose las uñas en las palmas de unas manos que se rendían al castigo que le había tocado vivir. Convencida de quién era, rompió a llorar presa del desconcierto.

El contestador automático, advertía a los interlocutores que no estaba en casa en un tono tan cordial que nadie se podría imaginar su verdadero estado de ánimo. Lo mantenía en secreto por vergüenza. No podía soportar la idea de que la señalasen con el dedo los vecinos. Vivía en un barrio de clase alta, donde se respiraba paz y tranquilidad en cada recodo. Su chalet de dos plantas marcaba el inicio de una serie de casas iguales, con jardines siameses ocultos tras setos de notable envergadura.

Se había mudado a esa vivienda, justo después de casarse con don dinero. Lo que en un principio parecía un negocio redondo, pronto pasó a convertirse en una pesadilla de las que no sabes cuando podrás despertar. Desde entonces, guardaba las apariencias como podía; camuflándose en capas de maquillaje, resguardándose al abrigo de prendas que disimulasen los cardenales salpicados por todo su orgullo, utilizando gafas de sol incluso cuando éste estaba poco o nada presente, sonriendo a todo aquel que se paraba a saludarla aunque le costase la vida y engañando en general, a su entorno más cercano con falsas anécdotas de princesas felices que comen perdices y que le costaba inventar por su limitada capacidad de imaginar cuentos.

El largo pitido del contestador fue atropellado por una voz amenazadora que se había quedado con ganas de más. Los insultos se mezclaban con injurias y calumnias en la misma proporción, haciendo un combinado infumable para sus pulmones encharcados de amargura. Cada palabra que Jaime escupía al auricular, era como un puñetazo en las entrañas de Ariadna, que se debatía entre el miedo y la pena. Cada frase penetraba certera en su interior, arrasándolo todo a su paso. Los gritos daban paso a susurros esquizoides, donde las amenazas se convertían en deseos carnales. No sabía en qué momento había consentido que Jaime le propinase el primer golpe físico, sólo era consciente de que desde entonces, su vida se había convertido en un calvario sin sentido del que no se veía con fuerzas ni ganas de escapar.

Al cabo de unos minutos, el discurso inagotable de su marido iba perdiendo fuerza a medida que la ganaban sus sollozos. Lloraba él y lloraba ella, atrapados en un submundo desolado por la impotencia de ambos. De pronto, la señal de interrupción de llamada hizo iluminó la penumbra de la habitación, confiriéndole un aspecto tétrico y amargo.

Jaime, era un cuarentón que se hizo rico de una forma tan inesperada como inapropiada. Un negocio maculado propuesto por un colega de despacho, le proporcionó fama y dinero a espuertas y de una forma más rápida de lo que pudo asumir, por lo que su cordura se desequilibró convirtiéndole en una persona excéntrica, egoísta y un tanto mezquina. Sus caprichos no conocían fronteras, ni límites. Al poco de reunir la fortuna que le echaría a perder, conoció a Ariadna. Una joven universitaria deslumbrada por el poder del nuevo rico, que se enamoró enseguida de sus marcados abdominales y sus cuentas en Suiza. Pasaron un tiempo de felicidad aparente, entre eventos para gente VIP, fiestas privadas y paparazzis en la puerta, pero pronto la burbuja de lo perfecto estalló en su cara y comenzó el trato degradante y destructivo. Jaime no podía controlar sus celos. Le poseían de forma tan obscena que ni él mismo podía soportarlo. Empezó a tratarla como una de sus pertenencias primero y como un objeto molesto después. La quería de un modo irracional y enfermizo y a la vez, la odiaba con todas sus fuerzas.

La noche transcurrió lenta y agónica. Ariadna, logró conciliar un sueño ligero en el que la vigilia se confundía con breves pesadillas. Se levantó cuando el alba despuntaba en el horizonte, incapaz de permanecer más tiempo en un lecho que había visto de todo. Le dolía cada músculo de su cuerpo, cada articulación le recordaba la paliza con la que le había obsequiado su desquiciado marido la tarde anterior. Se arrastró como pudo hasta la cocina a por un vaso de agua fresca. De camino, observa un sobre blanco en el suelo, muy cerca de la puerta de entrada. Extrañada se agacha a recogerlo. Una punzada de dolor recorre su costado derecho y se lleva una mano a la zona intentando calmar los efectos, mientras se agarra con la otra al mueble que recibe visitas. Se lleva el sobre a la cocina mientras sopesa su contenido. Está cerrado y no pesa demasiado. Mientras se sirve el agua de la nevera, remira el hallazgo con cautela. Decidida, lo recoge de la encimera y rasga un lateral intentando no romper el contenido. De su interior extrae un billete de avión a su nombre sólo de ida. Traga saliva con dificultad mientras repasa los datos del vuelo. La fecha de salida era el viernes a las 09:35 a.m , faltaba un día. El destino, París. Agita el sobre para comprobar si hay algo más y a la segunda sacudida, se desprende una tarjeta amarilla con una nota escrita a máquina. “Te doy tres días de ventaja, nena. Vuela o muere. El sábado saldré a buscarte y como te encuentre… ¡¡¡booomm!!! mi muñequita se convertirá en cenizas…” Vuelve a tragar saliva con dificultad y se da cuenta de que está temblando.

La nota no estaba firmada, pero Ariadna reconoce la autoría de Jaime enseguida. Nadie más que él la llamaba muñequita…