La pequeña semilla de la libertad

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Tinga apuraba sus pisadas en dirección contraria a sus raíces, escapando de un destino que no estaba dispuesta a aceptar y corriendo el riesgo de perderse en esa huida sin rumbo definido. No sabía hacia dónde debía ir, pero lo que tenía claro es que sus pies descalzos no podían dejar de avanzar hacia ese horizonte lejano, donde la libertad y la igualdad de la humanidad y, sobre todo de las mujeres, dejaban de ser utopía y parecían poder vestirse de realidad o, al menos, de probable posibilidad.

Llevaba semanas planeándolo pero no disponía de recursos suficientes y tampoco conocía a nadie que la apoyase en su decisión, por lo que sus intenciones estaban tan desamparadas como su propia vida. Una existencia que no tenía apenas valor en el poblado y que quedaba anulada por la voluntad de sus ascendientes desde su nacimiento. Se sentía como una marioneta en manos de un sistema dictatorial y machista. Todos sus ancestros de género femenino habían sucumbido a las órdenes de sumisión sin rechistar pero ella, a pesar de su escasa edad, discrepaba con ese trato a veces vejatorio y otras extremadamente infame. No podía permanecer tragando con situaciones que se le escapaban de una visión lógica y distinta que había desarrollado y decidió que sería la primera en rebelarse contra un mundo decorado de ridículas normas en exceso y de arraigadas costumbres basadas en absurdas creencias.

Recorría los senderos tan rauda como le permitía su acentuada fatiga. Casi no había dormido nada la noche anterior y ésta, tan plagada de estrellas como su espalda de lunares, se dejaba caer plomiza sobre su asustado rostro dotándola de cierto porte lúgubre. Las lágrimas que presidían sus mejillas a penas la dejaban percibir las irregularidades del terreno y temía tropezarse y hacerse daño. En ese caso le darían caza más pronto que tarde. Sabía que en pocas horas saltaría la alarma de su desaparición y entonces un grupo organizado de hombres fuertes saldría en su busca y captura. Además del castigo por desobediencia, le esperaba uno mayor por insumisión y fuga. Nadie podía abandonar el poblado, le repetía su conciencia una y otra vez para hacerla desistir y recapacitar. Pero su determinación y su coraje eclipsaban todos esos temores internos que acribillaban sus sesos en busca de la rendición y la cobardía con que intentaban aliarse. Tenía que intentarlo al menos. Su derrota era la victoria de un poder con el que no comulgaba y no podía consentirlo. Al final del interminable sendero, cuando llevaba horas caminando, atisbó entre la prematura bruma matinal una especie de campamento base. No sabía qué se iba a encontrar allí, ni con quién pero decidió que cualquier cosa estaría mejor que lo que le esperaba si decidía regresar. Se emocionó tanto ante la idea de un futuro mejor que sus piernas comenzaron a correr obviando el cansancio. Tanto corrió que no pudo enfocar un pozo excavado en la tierra y cuando quiso darse cuenta, su pequeña figura infantil de apenas once años estaba precipitándose a ese vacío negro e incierto como ese futuro que esperaba. La caída parecía infinita. A pesar del miedo se sintió libre por unos segundos. Notó cómo podía volar sin ataduras por un instante y sobre todo, saboreó esa sensación de liberación que jamás había experimentado. A pesar del pánico, Tinga se obligó a sonreír hasta que todo se apagó.

En el poblado lloraban su muerte. El jefe de la tribu proclamaba al cielo la desventura y gritaba a sus esbirros que trasladasen el cuerpo de la niña hasta una especie de tarima de madera. Allí procederían a incinerar sus restos y a invocar a los espíritus para que guiasen su alma. Su base estaba recubierta por montones de flores de colores, todas las que se habían encargado las mujeres de recolectar para la boda. Tinga ya nunca sería la tercera esposa de Nabor, el chamán del clan de los Túngaros. Ya no podría dejarse violar por ese amasijo de huesos que le sacaba más de veinte años, ni darle hijos cuando aún ni sus propios órganos reproductores habían empezado a madurar. Tinga yacía, ahora, rodeada por una primavera de pétalos muertos que no deseaba y buscando su invierno, se topó con la muerte y a su vez, sin querer, con su libertad. Lo que Tinga no supo nunca es que plantó una semilla en los corazones de otras niñas que comenzó a germinar a fuego lento. Mientras, a su alrededor, los tambores comenzaron a sonar.

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La maldición

mal-de-ojoMi nivel de superstición en sangre siempre estuvo bajo mínimos. Nunca lograba entender como había gente capaz de dejarse llevar por supercherías tontas y malos farios, pero estos últimos meses aprendí una lección valiosa: Jamás debe ponerse en tela de juicio el poder de la mente.

Hasta el año pasado era una infalible médico que se había graduado por la Universidad de Houston. Me iba muy bien. Había conseguido meter el pie en una importantísima clínica privada de fertilidad en pleno centro de Manhattan y debido al alto grado de envejecimiento en la plantilla médica, en un par de años conseguiría un buen ascenso. Allí conocí a Glenn, uno de los mejores ginecólogos de Nueva York. Fue mi mentor durante mi periodo de prácticas y con él gané, a parte de experiencia en la detección precoz de malformaciones fetales, mucha paciencia.

Si, nací con ese insignificante defecto bajo el brazo.Y en lugar de concentrar mis energías en reducirlo, lo alimentaba cada mañana al ponerme al volante de mi Bmw. La gran manzana se pone tan impertinente en hora punta, como un adolescente al que le privas de su videojuego favorito.

Mi trabajo, aunque gratificante, era de esos que lograban mantener mi stock de estrés rebosante. Cosa que agradecía y odiaba a partes iguales. Me desquiciaba tener que esperar los resultados de todo. Eso de aguardar por el fruto de una fecundación asistida que yo había programado, me generaba cierta ansiedad. Si, todos me recomendaban practicar Yoga. Yo les ignoraba.

Tenía todo para ser feliz: un bonito loft en el centro, un vestidor hecho a medida para compradoras compulsivas, un pase VIP para todos los desfiles de moda de la ciudad, un personal trainner, una tarjeta con crédito ilimitado por cortesía de papá y un novio corredor de bolsa y de ultramaratones.

“…Hace un tiempo, en uno de mis viajes a España , cuando salía de una boutique de comprarme unos tacones de vértigo, me crucé con una gitana que me ofrecía una ramita de romero. Decía que me traería suerte. Yo la despaché enseguida con una mirada de superioridad y un “apártese de mi camino, tengo prisa” mientras le propinaba un ligero codazo para librarme de esa montaña de grasa zíngara. Ella se quedó tras de mí rezando y lo único que alcancé a comprender fue un: “me cago en tus muertos!” ¡Qué falta de educación!, pensé.

A partir de ese incidente, las cosas en mi vida comenzaron a torcerse poco a poco y sin pausa. A los días de regresar del viaje, descubrí que mi novio Freddy tenía una amante desde hacía un par de meses. Menudo palo. Le hice recoger sus cosas e irse de mi vida sin hacer ruido. Cada tarde volvía de la clínica, me servía una copa de Barbera d´Asti y me recreaba en la maldición del cajón sin su ropa. Pensaba que tardaría mucho en recomponerme.

Al cabo de unas semanas, mi padre fue detenido por dos supuestos delitos de tráfico de drogas y tenencia ilícita de armas y mi madre, del disgusto, se fugó con su monitor de pádel a una isla del caribe. Debí sospechar de esa extraña y repentina fiebre por el deporte.

En mi trabajo también sufrí las consecuencias del mal de ojo de esa desgraciada de piel morena. Todas mis pacientes empezaron a tener serias dificultades para que sus inseminaciones prosperasen y las que llegaban a término, siempre resultaban ser complicadísimos partos múltiples. Todo se me estaba escapando de las manos y no sabía como podía frenarlo.

Glenn me dijo que necesitaba unas vacaciones y me invitó a su casa de Austin. Se vino conmigo y allí me enseñó dos cosas importantes. Una, que todo lo que tenemos hoy, mañana igual ya no está. Por eso hay que valorarlo y disfrutarlo y dos, bueno, la segunda cosa me la guardo. Eres menor.”

El joven la miró perplejo sin saber que decir ante esa sonrisa pícara de la médico. Cerró rápido su cuaderno donde había anotado algunas ideas y se dirigió a la puerta de la consulta tras un tímido y atropellado agradecimiento. Fuera le esperaba su madre.

—¿Qué tal con mi amiga Sarah, cariño? —le interroga curiosa mientras le coloca el flequillo.

—Bien, supongo que esta historia me servirá para el trabajo de ética —dice guardando su libreta.

Y ambos abandonan la sala de espera al tiempo que oyen a Sarah gritar en su consulta: ¡Me cago en la vieja! ¡¡¡Otra con trillizos en lo que va de semana!!!

Tears in heaven

8fcd9a80f3dd564a1bbbfeb3724e0286_620x4121No podía ver su rostro bajo el pasamontañas pero sus ojos color miel me recordaban esos desayunos a medias los domingos bien temprano, cuando las calles todavía bostezaban y la mañana empezaba a gatear. Estaba nerviosa, temblorosa y al borde de un ataque de ansiedad, ni siquiera la música procedente de la radio encendida era capaz de relativizar mi estado de ánimo. Sonaba “Hotel California” de los Eagles, una de esas canciones que te transportan a ese pasado de cervezas y risas con amigos en vuelo directo. Estaba demasiado asustada como para tararear una letra que me sabía de memoria. La tensión hacía que mis cervicales aullasen y la rigidez de mi cuello estaba a punto de volverse crónica. No entendía los motivos de esa ira contenida que me apuntaba sin titubear.

Me tenía allí sentada, inmóvil, con las manos atadas al respaldo de la silla. Había usado unas bridas negras que extrajo de una especie de mochila que portaba y cualquier intento por liberarme me hacía daño. No quería oírme, así que también me tenía amordazada con una pañuelo de seda que él mismo cogió de una de las estanterías de mi tienda. Ese negocio familiar que me costó sudor y muchas lágrimas reflotar después de la crisis, estaba siendo ahora testigo de mi punto y a parte en una vida que no había sido muy justa conmigo. Siempre fui una persona a la que lo fácil le daba la espalda y tuve que aprender a sobrevivir en un océano de tiburones con hambre de rubias ingenuas.

Después de una infancia sin padre, un fracaso universitario, dos novios formales y un embarazo no deseado, me casé. Pensaba que con él todo sería distinto, que mi suerte cambiaría pero una vez más me equivoqué. Sus celos enfermizos fueron tejiendo una cárcel a mi alrededor y mi vida social fue marchitándose poco a poco hasta el extremo de desaparecer. Tampoco era buen ejemplo para Noa, que a sus cuatro años sólo necesitaba el cariño y las atenciones de un padre que había huido como un cobarde. Decía que me quería por encima de todo, más que a su propia vida y si, fuimos muy felices durante un tiempo pero a medida que transcurría la vida a su lado, todo se volvía caótico, gris como los barrotes de una cárcel. Yo no entendía el amor de la misma manera y le propuse que nos separásemos. No hubo discusión, ni pelea, sólo una frase: “Si no eres para mí, no serás para nadie” que achaqué a su decepción. Al día siguiente recogió sus cosas y se marchó sin despedirse. Me extrañó su comportamiento tan racional y me dolió que al final, lo encajase de una forma tan cívica, prudente y respetuosa. A partir de ahí, me centré en mi tienda de ropa y en ese pequeño tesoro de tirabuzones dorados que me sonreía por costumbre cada tarde al volver a casa.

Me miraba casi sin parpadear, desafiante y en silencio. Yo suplicaba con los ojos inundados una liberación que veía innegociable e inadmisible. Se había cuidado de poner el cartel de cerrado en la puerta y de cerrarla con llave para que nadie entrase, pero le daba igual que nos viesen en el interior a través del cristal. Tarde o temprano, se asomarían curiosos y podrían ver la escena en primera fila. Joven empresaria acribillada a balazos en su propia tienda, ese sería mi titular en prensa.

La banda sonora de mis últimos momentos tenía sobredosis de añoranza, pero no conseguía ni apaciguar mi desesperación, ni relajar ese odio con que me miraba mi verdugo. Ahora sonaba en la radio “Tears in heaven” de Eric Clapton. No pude contenerme y rompí a llorar. Lloré todo el miedo y la angustia, lloré la impotencia y la rabia contenida y sobre todo, lloré por esos ojitos azules de cuatro años que iba a dejar de ver. Mi dolor húmedo caló en sus huesos y mientras uno de los mejores guitarristas de la historia clamaba al cielo que no hubiese lágrimas tras la muerte de su pequeño Connor, él bajó las armas con las que me encañonaba, le temblaba el pulso y se cayó de rodillas ante mí suplicando perdón. Ninguno de los dos podíamos parar de llorar, yo por el miedo y él por la vergüenza de haber deseado poner fin a la vida de la que había sido su princesa.

Quizá Clapton tenga razón. En el cielo no habrá más lágrimas porque ya se vierten todas en la tierra…

¿Qué cinco cosas te llevarías a una isla?

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“Hoy, en esta isla, ha ocurrido un milagro” —anuncia un finísimo y sexy hilo de voz femenino al otro lado de las ondas.
—¡¡¡Para islas estoy yo!!! —brama, para sí, Antonio atrapando con sus rollizos dedos la palanca de cambio. Pone tercera mientras comprueba por el rabillo del ojo, a través del retrovisor, que puede incorporarse al carril izquierdo sin entorpecer la circulación.

La locutora sigue narrando el hallazgo de un anciano con signos de deshidratación que llevaba, hasta la fecha, semanas desaparecido de su hogar. Por suerte, unos niños le habían encontrado en una cueva, desorientado y tembloroso y dieron la alarma a los servicios de emergencias que enseguida se hicieron cargo del asunto.
Antonio que se había levantado con el pie izquierdo tras haber discutido con la Agus la noche anterior, se centra en su cometido: el transporte de pasajeros por carretera y a la vez, invitado por el terciopelo de una voz que le tiene engatusado desde bien temprano, como cada día, se deja perder entre ensoñaciones más efímeras de lo que quisiera.
Se sorprende preguntándose a sí mismo, qué se llevaría a una isla desierta y si podría sobrevivir más de una semana en tan idílico paraíso sin su Agustina o si echaría de menos el arroz de los domingos de la “señora X”, como así denominaba a su suegra, una especie de tentativa de paella que nadaba en abundante caldo de pollo. Siempre pensó que Dios le premiaría, algún día, con algún tipo de súper poder por poner buena cara a un plato tan malo. Algo así como la facultad de poder verle las bragas a la Juani (vecina del quinto) a través de esos vaqueros que lleva y que parecen su segunda piel.

Como tres le parece un número pobre y escaso, se permite elaborar una lista mental de cinco objetos imprescindibles para su subsistencia en esa porción de tierra perdida en el océano.
Masculla en silencio las posibilidades, mientras va recogiendo y reponiendo gente en cada parada.
Lo primero de todo, piensa, me llevaría una radio con unas buenas pilas. No podría concebir un retiro espiritual sin la voz mística de Natalia, esa locutora de acento canario y caderas anchas, o al menos eso se imagina, que cada mañana le provoca sonrisas y en más de una ocasión, alguna que otra inevitable erección.
Lo segundo, un spray antimosquitos. Antonio es de piel sensible y las picaduras le producen unas ronchas tan grandes como el cráter de un volcán a punto de erupcionar.
En tercer lugar, duda entre su amigo Paco, al que considera un objeto porque forma parte de la decoración del bar al que suele ir y su nivel de inteligencia es el mismo que el de una mesa camilla, o uno de sus libros favoritos de los últimos tiempos: “Tengo ganas de morirme para ver qué cara pongo”. Lo echaría a suertes si se diese el caso.
En penúltimo puesto, piensa en la navaja que le dejó en herencia su tío abuelo Alfredo. Una suiza multiusos fabricada en Albacete, que le serviría para dar caza a los mapaches u otros bichos típicos de la zona. Con eso se haría unas buenas barbacoas.
Y por último y no menos importante, a la Flora, una muñeca hinchable que había adquirido de saldo estando soltero y a la que los años y el uso habían dejado un tanto flácida. La moza de látex le quitaría de un apuro en cuanto le diese un apretón de lujuria y sentimentalismo.
El fin del trayecto le recuerda que tiene cinco minutos antes de la siguiente ruta para echarse un cigarro y una meada rápida. Se baja del autobús con el ducados pendiendo de su labio inferior, como el badajo de una campana, se arrima a un muro, desliza la cremallera del pantalón y rebusca con ganas su pirulo tropical, como le llama cariñosamente la Agus. En ese momento, su teléfono móvil empieza a vibrar en su bolsillo.
—¿Si? —contesta con la mano libre.
—Prepara las maletas, ¡pototo! —le anuncia una voz chillona, familiar y sin rastro de terciopelo.
—Coño, ¡Agus! ¿Qué pasa? Estoy meando… —dice mientras se sacude su orgullo ibérico con dos movimientos secos.
—¡¡¡Nos ha tocado el viaje a Tenerife que sorteaba Rogelio, el charcutero!!! —brama henchida de felicidad y añade —Es para tres, mamá también se viene.
—¡¡Nos ha jodido mayo con las flores!! —exclama Antonio pensando en su lista de objetos. Ahora sólo le quedan tres por decidir y uno empieza a tenerlo muy claro, medita con esa sonrisa maléfica de yerno maltratado y vengativo.

Esta noche serás mía, zorra

AC6B4018La cena, a pesar de haber sido improvisada a última hora, había resultado agradable. Los cinco amigos y compañeros se habían relajado entre copas de frío frascati y chistes malos después de una dura jornada de trabajo. Miguel aprovechó la ocasión para mostrar su alianza de compromiso, un reluciente y moderno aro de acero con dos franjas de una aleación cobriza en el centro. Fernando, Susana y Alfredo usaron la noticia de excusa para brindar una vez más y pedir otra botella de ese exquisito elixir italiano.

Alicia estaba muy cansada, tenía mucho sueño acumulado y decidió ir al lavabo para refrescarse un poco justo después del brindis. De camino extrajo su móvil del bolso y comprobó, una vez más, el led luminoso indicando que tenía un mensaje nuevo. Hacía semanas que alguien se dedicaba a enviarle notas telefónicas. Al principio eran cordiales, simples saludos que ella contestaba con paciencia y educación excesivas. No tenía ni idea de quién podía ser y parecía no estar por la labor de identificarse. Con el paso de los días y movido por la indiferencia de ella, empezó a subir el tono de esas breves e inoportunas intromisiones telefónicas hasta situarlas en un punto entre depravadas y amenazantes. Se convirtieron en una pesadilla que no sabía como frenar, así que se había acostumbrado a leer en busca de alguna pista que revelase datos de la identidad de su acosador y borrarlos. “Me gustaría tenerte amordazada sobre mi cama, totalmente disponible para mí. Esta noche serás mía, zorra”, decía en esta ocasión.

Apretó los ojos fuerte y lanzó un suspiro al aire para liberar esa frustrante sensación de impotencia que la invadía. Entró en el lavabo y observó su rostro en el espejo. Su mirada verde oliva estaba enmarcada por unas profundas ojeras violáceas. Hacía varias noches que no dormía más de cuatro horas seguidas. Se lavó el rostro con agua fría y volvió a recrearse en un cristal que se empeñaba en escupirle su verdadera edad a la cara. Apoyó sus manos sobre el mármol y agachó la cabeza. Por un momento cerró los párpados e intentó vaciar su mente de pensamientos negativos. Una mano sobre su hombro la hizo pegar un respingo y ahogar medio grito.

—Alicia, ¿Estás bien? Llevas mucho rato aquí… —preguntó Susana con esa mirada maternal que le salía sin querer.

—Sssi, si, no te preocupes —respondió intentando recomponerse. —Voy a irme ya a casa, hoy estoy exhausta —añadió.

Se despidió de sus compañeros y se dirigió a su coche aparcado en la acera. Condujo casi de forma mecánica hasta su finca y estacionó el pequeño BMW en su plaza. Bajó del vehículo con aire cansado. Sus tacones resonaban contra el pavimento del garaje y el eco de sus pisadas se propagaba a través del silencio de ese gran dormitorio de caballos mecánicos.

Aceleró sus pasos sin saber muy bien por qué, al tiempo que sus latidos aumentaban la frecuencia de forma irracional. Una angustia consciente la atrapó e hizo que las llaves de su casa se precipitasen al suelo. Se agachó a recogerlas y mientras lo hizo, la luz automática del garaje dejó de alumbrar la helada estancia. Alicia se quedó quieta entre la oscuridad, inmóvil, paralizada por un miedo atroz que neutralizaba sus músculos impidiendo cualquier movimiento. Su aliento se hizo visible y sintió la boca seca. Intentó tragar pero su saliva estaba demasiado espesa como para hidratar su garganta. Su móvil le anunció la llegada de un nuevo mensaje y el sonido la hizo estremecer pero, a la vez, la empujó a ponerse en pie e ir corriendo hasta el interruptor. Lo localizó ayudada por la poca claridad de las luces de emergencia y justo cuando su dedo iba a posarse en el botón, notó el frío metal de un revolver sobre su nuca. Sus pupilas se achicaron, su mandíbula se contrajo y el gesto de su rostro reflejó un pánico que nunca antes había experimentado. Una voz varonil y susurrante le ordenó obediencia y sigilo y asiéndola de un brazo, la condujo hasta un coche con lunas traseras tintadas. La obligó a tomar asiento y sin parar de encañonarla, le dijo:

—Te lo advertí… esta noche serás mía, zorra.

Secuestrador y víctima se cruzaron miradas. La de él, enmarcada por un pasamontañas negro, se fijó en su escote; la de ella, bajo una capa de rimmel corrido, se clavó en la mano que empuñaba el arma y en ese brillante aro de acero con dos franjas de aleación cobriza en el centro.

The show must go on

mario

Mi vida se ha convertido en un circo donde los payasos no hacen reír a los niños porque no tienen razones para robar sonrisas; donde los acróbatas se amontonan en un amasijo de piel y huesos sin saber cómo mantener el equilibrio en sus vidas; donde las fieras rugen al aire gritos, en señal de duelo, porque no han reunido coraje para enfrentarse a su domador; donde lo normal pasa a quinta fila y lo irreal, ocupa las primeras gradas para no perderse una función que sabe a promesas. Me siento en el centro de la pista y el mundo empieza a girar como una noria sin sentido pero con prisa por llegar a ese lugar en el que se supone estará eso que busca la gente que no se conforma.
Todo empezó con aquel beso que soñé que me dabas. Un gesto que se ha vuelto costumbre y que no podemos obviar cada vez que hablamos. Desde entonces nunca falta en nuestras bocas, se repite una y otra vez como un loco implorando al cielo que llueva algodón de azúcar; espera que caiga sobre su cabeza para poder atraparlo con su lengua antes de que alcance el suelo, como yo espero que ocurra con esa muestra de afecto que tanto ansío y por la que siento curiosidad.
Antes de nada y de todo, estaba justo al borde, con los pies muy juntos, preparada para saltar… pero nunca me atreví, por más que hice acopio de valor en una cantidad más que industrial y me quedaba mirando al vacío, como una espectadora de una vida que no da más de sí porque la cuerda de tanto tensarse, ha dejado de ceder en algún momento que no puedo recordar. Necesitaba un empujón, un impulso que me catapultase hacia el otro lado con el ímpetu suficiente para no hacerme trizas, un empellón que me diese alas para emprender el vuelo hasta una orilla que necesito explorar desde cero, de la que necesito aprender y a la que quiero sorprender cada mañana al levantarse. Desde aquí se puede ver el paisaje, como quien observa un cuadro que es incapaz de pintar porque no tiene suficientes colores en su paleta. Desea tenerlo, vivir dentro de él, respirar su aroma, descubrir sus rincones y jugar a ser un elemento más en su composición.
Los momentos son fragmentos de una montaña rusa que discurre entre anécdotas y recuerdos, entre decisiones mal tomadas y síndromes de abstinencia, entre el sueño y la vigilia, entre la lucidez de un sueño que parece realidad y la ofuscación de una rutina que está muy presente en forma de venda, entre miles de deseos y planes que se desbaratan al cabo de segundos; y esa atracción de euforia y bajón, donde mi conciencia se siente cómoda porque desde siempre ha sido mi hogar, me reta con tramos donde el miedo se sienta a mi lado, ocupando un lugar donde la ausencia no busca porque no quiere encontrar y decide acompañarme en este viaje hacia ninguna parte, esperando un trato que no le dispenso porque estoy harta de darle una importancia que se cree haber ganado. Así que ignoro todas las manifestaciones de ese temor que ha decidido convertirse en mi sombra y permanezco sentada, dispuesta a sentir esa adrenalina corriendo por mis venas cada vez que asomas, cada vez que te ausentas, cada vez que me alejo cientos de kilómetros a todos los niveles, cada vez que me dices que me quieres con una mirada que jamás he visto pero que no pienso perderme.
La vida no es más que una puta a la que se le ha corrido la máscara de pestañas porque ha llorado demasiado a cuento de nada; es una adolescente a la que han dejado en bragas porque no se ha aprendido la lección; es un antojo que muchos no pueden disfrutar a pesar de estar al alcance de cualquiera; es un fenómeno que unas veces nos entrecorta el aliento, otras nos deja sin respiración; es un espectáculo que no echa el freno porque te falte echarte colorete en las mejillas; es un sueño del que jamás quiero despertarme sin saber cómo termina; es ese caballo al galope del que no podemos caernos una vez nos hemos hecho con las riendas; es un juego en el que a pesar de no querer perder, tampoco nos paramos a saborear cada pequeña victoria; La vida es una sucesión de cumbres que debemos coronar aunque, en ello, nos tengamos que dejar los dedos porque sin dolor, no hay recompensa.