Cuando el cazador se convierte en presa: VERSIÓN ELLA – por Virginia Figueroa

image22s—¡Desde aquí hay unas vistas cojonudas de la ciudad, Leo! — le digo mientras expulso una bocanada de espeso humo que inunda la alcoba de un fuerte aroma a hierba.

—¿Leo? —repito retándole con mis pupilas que llevan dilatadas desde la cena. —¡Joder! ¡Ya le ha dado el bajón!… ¡No sé por qué siempre termino con novatos! —me quejo suspirando y volviendo la vista al frío de una noche que me había prometido sexo y drogas sin límite.

El silencio que se respira en esta colina se interrumpe con algo que me hace asomar medio cuerpo por la ventana.

¡Hostia puta! ¿Qué coño es eso? —grito mientras frunzo el ceño para enfocar lo que se acerca por el aire.

Un helicóptero se aproxima al castillo iluminando la explanada de tierra justo antes de la cuesta que lleva hasta el portón principal. Distingo cómo se baja de él una persona y se dirige a paso rápido hacia aquí. ¡Es un SEAL! Un puto Navy Seal de los que trabajan para mi padre, me quejo rabiosa. ¿Es que no puede dejarme tranquila disfrutar de mis 21 años ni en vacaciones?.

Estoy mareada por el efecto de la marihuana, pero tengo que despertar rápido a éste para que me ayude.

—¡Joder, Leo!, ¡Despierta de una puta vez! —le espeto zarandeando su cuerpo con fuerza.

—¿Qué pasa tía? —se queja intentando acordarse de mí.

—Vé abajo, tenemos visita. Creo que es un vendedor de enciclopedias que viene a tocar los huevos.

—¿Qué?, ¡Tú lo flipas, Holly! ¿Qué hora es?

—La hora de que bajes tu puto culo a la entrada principal y hables con ese tipo para que se pire…—le ordeno malhumorada.

Consigo que vaya sólo por no seguir oyéndome, mientras me visto a toda prisa y paso el doble cerrojo a la puerta atrincherándome en la habitación. No pienso ponerle las cosas fáciles a ese esbirro militarizado de mi padre, le odio a muerte, por mucho que sea el vicepresidente de los EE.UU.

Aproximo mi oreja a la madera y oigo como unos pasos firmes suben la escalera y se paran al otro lado.

—¡Ni se te ocurra reventar la cerradura, pedazo de cabrón! Estoy desnuda y no pretenderás llevarme así ante mi padre, ¿verdad? —le grito irritada buscando posibles escapatorias. —Vé a recoger mi ropa a la habitación del fondo, está sobre una silla al lado de la ventana. Y no olvides mis bragas rojas, sin ellas no me iré de aquí.

Mi plan parece funcionar, porque al cabo de unos segundos oigo como se aleja mi enemigo por el corredor murmurando entre dientes. Abro con sigilo la puerta, armada con una antorcha apagada que localizo en una de las paredes y me echo a correr en dirección a la escalera lo más rápido que puedo. A la vuelta de la esquina me agazapo a esperar que venga, me ha oído, seguro.

Cuando sus pasos me indican que le tengo a escasos centímetros cierro los ojos fuerte y le golpeo con todas mis fuerzas en la cabeza partiendo la antorcha en dos. Veo como cae rodando por la escalera. No se mueve. ¿Me lo habré cargado?, me pregunto mientras bajo para sentarme sobre su cuerpo desplomado y le ato las manos con mis cordones. Lo envolveré para regalo para que mi puto padre se lo lleve a casa, mascullo concentrándome en hacer un resistente nudo marinero.

Al cabo de unos minutos noto como el SEAL va recobrando el conocimiento bajo mis piernas.

—Dios… ¿qué hora es?—me pregunta dolorido.

—¿Perdona? —me extraño intentando comprender por qué se preocupan todos hoy de la hora.

—¿Puedes decirme cuanto queda?

—¿Cuánto queda para qué?

—Mira mi reloj y dime cuanto queda —me suplica.

—23 minutos, ¿por qué? —empieza a intrigarme.

—Porque tengo una cita.

—Jajajajajaja, ¿te has ligado a alguna súper mujer de algún cuerpo de élite? —le digo perdiéndome en el vaivén de sus pectorales.

—No, he quedado con la propietaria de “Bookids”, una librería de cuentos para niños.

—Joder… ¿En serio? ¿Ahora?— interrogo con recelo.

El asiente y no puedo evitar conmoverme ante esos ojos que me miran suplicantes, así que le desato, soy una blanda.

—Está bien…, se acabó el juego. —añado entregándole mis muñecas en señal de rendición.—¡Llévame de nuevo al hotel con el viejo! Sólo a mí me podía pasar esto, tropezar con un SEAL sensible.

Nota: Escena 17 Literautas: El castillo. Versión femenina del mismo relato.

Anuncios

Cuando el cazador se convierte en presa: VERSIÓN EL – por un farero impaciente

navy-seal-image_public_domain_DoDMiro la cuenta atrás de mi reloj de pulsera. Sólo faltan 59 minutos. Es casi imposible que llegue a tiempo. Por un día, por un sólo día que necesitaba llegar a tiempo…

El helicóptero se detiene a metro y medio del suelo unos segundos, sobre la explanada frente al castillo. El jefe de equipo me da luz verde. Las órdenes son claras: entrar, sacar a la chica sin un rasguño y largarse. Y, sobre todo, evitar bajas civiles.
Esto huele que apesta. Enviarme a mí, a un SEAL de la Marina, a rescatar a la hija del vice-presidente de Estados Unidos de una de sus juergas es una locura. Puede acabar mal. Sin embargo yo no decido, sólo ejecuto.

Salto. Ruedo a un lado para amortiguar la caída y me pongo a cubierto. El camino hasta el castillo está despejado. Quito el seguro de mi fusil de asalto M4 y recorro agachado la distancia hasta el portón. Es enorme, de hierro forjado. Me acurruco contra la pared. Tendré que volarlo. Sin embargo hoy va a ser mi día de suerte, porque el portón se abre y un hombre aparece en el umbral. Sólo lleva puestos unos calzoncillos. Es flacucho, pálido y peludo. Mira alrededor. De sus labios cuelga un cigarrillo. No se ha dado ni cuenta del punto rojo de la mira láser de mi arma apuntando a su pecho.
En un segundo estoy encima de él. Le golpeo en el plexo solar para cortarle la respiración y le tumbo. Joder, el tío está pringado de aceite. ¡Qué asco! Me cuesta atarlo, resbala como una anguila. ¡Qué coño estarían haciendo!

Faltan 49 minutos. Todavía puedo llegar.

Entro en el salón principal. No hay señales de vida. Localizo la escalera y subo con cuidado a la planta de arriba. Hay un pasillo. Lo recorro. Son habitaciones. Seis en total. Todas vacías y a oscuras. Menos una. Una suave luz se filtra por debajo de la puerta. Está cerrada. Coloco una pequeña carga explosiva para abrirla, cuando de repente oigo una voz:
—¡Ni se te ocurra reventar la cerradura, pedazo de cabrón! Estoy desnuda y no pretenderás llevarme así ante mi padre, ¿verdad?
Guardo silencio. Es la hija del vice-presidente.
—Vé a recoger mi ropa a la habitación del fondo, está sobre una silla al lado de la ventana. Y no olvides mis bragas rojas, sin ellas no me iré de aquí.
¿Recoger sus bragas? ¿Por quién me ha tomado? ¿Por un puto mayordomo?

Faltan 41 minutos. Estoy en el límite.

Barajo mis posibilidades. Puedo llevármela por la fuerza. Pero eso significa forcejear con ella y eso me llevaría tiempo. Además, si está desnuda y pringada de aceite como el tipo de abajo la cosa se puede complicar.
Decido seguirle la corriente. Corro hasta la habitación del fondo. La oscuridad es total. Conecto las gafas de visión nocturna. No me lo puedo creer, estoy utilizando tecnología de más de treinta mil dólares para buscar unas bragas. Rojas.

Faltan 30 minutos.

Oigo una puerta que se abre y unos pasos. ¡La muy zorra me ha engañado! Se está escapando. Salgo de la habitación a tiempo para ver cómo se tira escalera abajo. La persigo.
Llego al final del pasillo y tuerzo para bajar la escalera. Y, sólo entonces, me doy cuenta de mi error. Sin embargo, ya es tarde. La tía está acechándome, agachada, y me golpea en plena cara con un objeto pesado. El casco amortigua el golpe, pero no puedo evitar perder el equilibrio y caer. Y todo se vuelve negro.

Cuando recobro el sentido tengo las manos atadas y una mujer rubia está sentada encima de mi pecho.

—Dios… ¿qué hora es? —le pregunto mareado.
—¿Perdona…? —contesta ella sorprendida.
—¿Puedes decirme cuánto queda?
—¿Cuánto queda para qué?
—Mira mi reloj y dime cuanto queda —le suplico.
Me obedece.
—23 minutos, ¿por qué?
—Porque tengo una cita.
Rompe a reír.
—¿Te has ligado a alguna súper mujer de algún cuerpo de élite? —me dice, sin dejar de refregarse encima de mi pecho.
—No, he quedado con la propietaria de “Bookids”, una librería de cuentos para niños.
—Joder… ¿En serio? ¿Ahora?
—Dentro de 23 minutos.
Por fin deja de moverse. Ya no parece tan segura. Tan inflexible. Tan borde.
—Está bien… , se acabó el juego —me dice, entregándome sus manos en señal de rendición. —¡Llévame de nuevo al hotel con el viejo! Sólo a mí me podía pasar esto, tropezar con un SEAL sensible.

Faltan 22 minutos. Todavía puedo llegar.

 

Nota: Mi primera colaboración literaria con alguien que me ha aportado mucho a todos los niveles. Mil gracias por tu tiempo, por tu trabajo y por ser tú…

(Escena 17 de Literautas : El castillo. Mismo texto, dos versiones)

 

La brisa tonta de finales de mayo

banco central park

—¿Me quieres? —preguntó Alice al joven que, agarrándola por la cintura, dirigía el paseo por el parque.
—Claro —respondió él tajante, después de un sospechoso silencio para ella.
Mike oteaba el horizonte en busca de algún rincón donde evitar las miradas de posibles paseadores de perros.
—¿Cuánto? —replanteó coqueta mientras deslizaba su mano derecha por debajo de la camiseta de su novio tentándole.
—Demasiado —mintió interceptando a la intrusa de manicura francesa para frenar sus intenciones.
A Mike no le gustaba esa actitud juguetona de Alice, sobre todo, porque nunca terminaba la partida. Esta vez,sin embargo, tendría que llegar hasta el final o la dejaría; se había cansado de esperar y de tener que machacársela como un primate para aliviarse.

El pulmón de Nueva York respiraba aliviado del frenético ajetreo de visitas de turistas acalorados y grupos de escolares, de pintores inspirados y deportistas aficionados, de ejecutivos de tupper y vagabundos sin techo, de calesas de paseo y bicicletas de recreo, de carteristas que malviven del hurto y ancianos que se dejan robar por unos míseros segundos de compañía. La noche iba dejándose caer y un infinito de luz artificial abrazaba las sombras en un silencio relativo. Ya sólo quedaba espacio para los enamorados, las alimañas, los enfermos mentales en busca de víctimas, algún músico callejero de los que regalan melodías a esa brisa tonta de finales de mayo y los típicos locos por el footing nocturno. En el camino, se cruzaron con una mujer que iba llorando desconsolada mientras arrastraba un carrito de bebé vacío. Estaba tan entregada a su aflicción, que no se dio cuenta de cómo la miraban. Una loca más, pensaron haciendo caso omiso al desconsuelo.

Mike localizó una zona sombría con un banco de madera donde condujo a Alice. Casi sin mediar palabra, atrapó su inocente rostro y su boca se abalanzó sobre ella con intención de devorarle cada milímetro de piel. Alice correspondió esas fuertes embestidas perdiendo sus manos entre la ondulada melena de Mike y arremolinando sus dedos con fuerza sobre esos mechones dorados que invadían su cara. Sus respiraciones comenzaron a acelerarse. Él la tomó por la cintura y con un suave gesto, la guió para que se sentase sobre sus piernas dándole la espalda. Ella, contrariada por no poder verle la cara, se dejó hacer. Notó, a través de la fina tela de su falda plisada, la erección de Mike bajo sus vaqueros mientras sus manos, que habían pasado de la cintura a sus muslos, recorrían despacio cada poro de su blanquecina piel. Subieron por sus caderas y, veloces, penetraron a través de su blusa para alcanzar sus pechos. Sin perder el ritmo, Mike masajeó con delicadeza esos senos firmes y calientes, sintiendo cómo los pezones se erizaban con el roce. Alice jadeaba sedienta contoneando sus caderas sobre la entrepierna de Mike, al tiempo que recostándose sobre él agarraba su nuca para obligarlo a morder su cuello. El riesgo de que alguien pudiera verles la ponía muy cachonda y decidió que se dejaría llevar esta vez. Él, separó sus piernas con un ágil movimiento y dejó al descubierto unas braguitas de encaje marfil que empezaban a empaparse. Sus dedos arañaron la piel del abdomen de ella y se precipitaron desbocados hasta sus ingles en forma de caricia, luego, los introdujo bajo la tela y sintiendo cada rincón de un sexo que lloraba de placer, comenzó a masturbarla. El primer orgasmo afloró enseguida, el segundo decidieron buscarlo juntos sobre la hierba. Sin parar de besarse, fueron liberándose con ansia de las prendas que impedían el contacto y tanto ímpetu les hizo caer rodando hasta unos arbustos.
—¡Aaaaah! —gritó ella asustada apartándose a un lado.
—¿Qué pasa Alice? —interrogó Mike viendo peligrar su turno de éxtasis.
—¡¡Ahí!! —dijo ella señalando la zona en la que su espalda había chocado con algo. —¿Qué es eso, joder? —añadió tapándose el pecho con la blusa.
Mike encendió su móvil para inspeccionar y se encontró con un paquete hecho con periódicos viejos y cinta de carrocero.
—Mike, ¡no lo hagas! —ordenó autoritaria cuando le vio dispuesto a desembalar la sorpresa. Él, intrigado, ignoró la advertencia.

Entre las páginas, surgió un sudoroso recién nacido. Estaba como adormecido y sin signos de violencia.
—¡Hija de puta! —bramó enfurecido acordándose de la tipeja del carrito.
Indignados y asustados, cogieron al neonato en brazos y corrieron hacia la comisaría del parque.

La última cena

50-euros-billete

Lo miraba con ojos golosos queriendo perderme entre sus mofletes. Dormía profundamente, con la respiración acompasada y esa bonita sonrisa de ángel. Su menuda figura envuelta entre sábanas de superhéroes, me impedía apartar la mirada de su cama. Velar sus sueños, era casi una rutina enfermiza que me llevaba hasta su cuarto noche tras noche. Mis pupilas se convertían en audaces centinelas capaces de interceptar cualquier intento de pesadilla.

Esa noche me adentré, como tantas veces, en la intimidad de su cuarto y tras depositar un maternal beso en su frente, me dispuse a recoger su ropa sucia.

De camino al cesto de la colada revisé las prendas, quizás por prudencia, quizás por curiosidad. No esperaba encontrar aquel billete de cincuenta euros en el bolsillo del pantalón de chándal de Eric. Lo inspeccioné una y otra vez tratando de buscar su procedencia pero el papel moneda se negaba a darme explicaciones.

La mañana siguiente amaneció lluviosa e impaciente. Eric desayunaba rápido para no perder el autobús del colegio, yo terminaba de preparar su almuerzo mientras analizaba su comportamiento en busca de respuestas. Era inútil.

—¡Eric!, ¿De dónde has sacado esto? —pronuncié con cierto nerviosismo mientras blandía en el aire aquel inoportuno billete.

Palideció de pronto y su gesto se contrajo. Algo estaba pasando y yo lo desconocía, eso hizo que empezase a alterarme.

—¡Es un secreto! —me dijo, como si esa frase fuese suficiente para saciar mi curiosidad.

—¿Qué secreto?, ¿Quién te lo ha dado? —quise saber acercándome a él con la intención de extraerle la verdad por las malas si seguía esquivando mis preguntas.

Bajó la cabeza y enseguida supe que algo iba mal.

—Eric, cuéntamelo ahora mismo… por favor.—le rogué sentándome a su lado.

—¡Me lo ha dado D. Luís! —contestó por fin retándome a seguir con mi investigación.

Antes de que pudiese formular más cuestiones, empezó a cantar. Me confesó que su profesor les solía dar esos billetes a algunos niños a cambio de unas fotos en el vestuario. Sentí que me flaqueaban las piernas…

Con mi imprudencia al volante y cegada por la ira, esa mañana, lo llevé yo al colegio. Lo dejé en el patio y me fui directa al despacho de ese cabrón pederasta. Entré con arrojo y sin educación y, sin mediar más palabras que las de “¡¡hijo de puta, te voy a matar!!”, me abalancé sobre ese amasijo de huesos con gafas. Su mirada contrariada intentaba defenderse invocando presunciones de una inocencia que yo no me tragaba. Le pegué con todas mis fuerzas y él poco hizo por defenderse. Su endeble constitución se volvía más vulnerable con cada uno de mis golpes. Yo estaba fuera de mí y no podía parar de ensañarme contra ese miserable que, en algún momento, había dejado de negar su pecado. Le grité que llamaría a la policía, que jamás volvería a pisar un aula y que pagaría por todos sus abusos pudriéndose en la cárcel. Desde esa esquina donde lo tenía arrinconado, respondió a mis amenazas con una incrédula sonrisa de medio lado y balbuceando un “nadie creerá a un niño de ocho años” mientras de su nariz y de su boca brotaban sendos regueros de sangre. En ese momento me perdí, no pude pensar en otra cosa que no fuese cerrarle el pico para siempre. Cogí un abrecartas que asomaba del portalápices de la mesa y lo clavé en su blanquecino cuello. Intentó defenderse demasiado tarde. La herida era tan letal como profunda, aunque mucho menos dolorosa que la de mi corazón. Poco después yacía inerte en el suelo, sobre un enorme charco de glóbulos rojos. Alguien llamó a su puerta y al no obtener respuesta, entró. Los ojos del director del centro me miraron aterrados cuando ese dantesco espectáculo le golpeó en el estómago.

La celda estaba tan fría como mis manos; llevaba días encerrada esperando un indulto que jamás llegaría. La noche antes de mi ejecución, dos tipos de uniforme irrumpieron en mi soledad para lanzarme una propuesta que decidí declinar. En ese instante mi estómago estaba casi tan vacío como mi realidad, pero aceptar esa “Última Cena” era como reconocer mi culpa y aquel gusano merecía morir. Decidí enfrentarme a mi destino con hambre, con sed y con esa tristeza infinita que siente una madre cuando la separan de su único hijo. Sería una noche eterna, porque ya no esperaba nada más de la vida que mi propia muerte.

Será por dinero

200711263fajo

Apuré el paso al escuchar las doce campanadas. Esa era la señal acordada para la cita y todavía me faltaban unos diez metros para llegar al punto fijado. A lo lejos estallaba la euforia de miles de personas en la plaza del reloj, podía sentir sus vibraciones a través del entramado de calles que me separaban de esos buenos deseos para el nuevo año. Escupí al suelo en señal de repulsa y maldije mi suerte, mi destino y todo aquello cuanto se me ponía a tiro.

Pensé en mi hija y en su inocente sonrisa mirándome desde el otro lado de la acera, con su vestido azul celeste de los domingos y su jirafa de trapo, a la que el paso del tiempo y un cariño excesivo le habían privado de una de sus pupilas en forma de botón. Aparté de mi mente esa ensoñación tan rápido como pude, tenía que estar tranquilo y firme para poder negociar. Palpé por debajo del abrigo el bolsillo de mi chaqueta y respiré hondo al comprobar que el sobre con el dinero seguía haciéndome compañía a través de esas calles agónicas y desiertas.

Crucé la esquina guiado por mi infalible sentido de la orientación y me encontré con el portal 27. Pulsé el botón del primer piso y el sonido del portero automático me indicó que estaban esperándome. Desde el hueco de la escalera podía oler el ansia de esos tipos por tener mi dinero entre sus manos. Subí cada peldaño con desmedida cautela, temiendo por mi integridad mental más que física. Una puerta se abrió de golpe y alguien desde dentro me gritó que me diese vida que no tenían toda la noche. Corrí hacia la luz y una marea de humo de tabaco me abrazó a la entrada robándome el poco aliento que me quedaba, mientras un armario empotrado con traje a medida me indicaba que le siguiese. Me condujo a una especie de sala donde cinco hombres jugaban al pocker. Mi presencia dibujó una mueca de disgusto en sus concentrados rostros y el que aparentaba más edad me ordenó que tomase asiento en una de las sillas vacías.

—Llega con retraso señor Benavides.

—Lo siento, no me conozco bien esta zona… —mentí.

—¿Ha tomado todas las precauciones que le hemos pedido?

—Si, le he dicho a mi familia que tenía que cerrar un asunto con un cliente y que tenía que ser esta noche.

—¿Tiene el dinero?

—Si, aquí lo tengo. —afirmé llevando mi mano al bolsillo derecho.

—De acuerdo. Este es el trato: nosotros le hacemos entrega de las fotos, usted nos abona la cantidad acordada y ambos nos olvidamos de este asunto para siempre. —me espetó acercándose un vaso de whisky a la boca.

Él tragaba el licor con parsimonia paladeando cada gota, a mí me costaba tragarme mi propia saliva que se había vuelto densa y pegajosa como la miel. El que me había acompañado hasta esa reunión de mafiosos sin escrúpulos me tendió un sobre. Lo abrí disimulando, como buenamente pude, mis nervios y mis ojos se clavaron en los de Yanira, esa diosa de ébano y marfil que una noche me enseñó el verdadero significado de la palabra lujuria. Desde que la conocí no pude apartarme de ese camino de éxtasis extremo. Era como un veneno que no podía dejar de beber, pero ambos éramos conscientes de que sólo nos unía el sexo. Esas fotos reflejaban mi doble vida, mis escarceos amorosos a espaldas de mi mujer, a la que adoro, y mi hija, por la que tengo desmedida devoción. Alguien se había dedicado a seguirme para sacar tajada y me tenían amenazado.

Extraje el dinero de mi chaqueta y lo deposité sobre la mesa; no tuve ánimos suficientes para negociar la cantidad. El que me había hablado ordenó al de su derecha que lo contase mientras sus ojos, enrojecidos por el humo, no dejaban de observarme. Me sentí desnudo, sucio, miserable, avergonzado por mis bajos instintos y me juré que se había acabado, que mi vida familiar valía más que cualquier polvo por alucinante que éste fuese. Me propuse pasar página y comenzar un nuevo año sin mentiras pero entonces bajé la mirada y los ojos de Yanira me desafiaron a seguir pecando, con sutiles parpadeos me invitaron a perderme entre sus pechos una vez más y no pude hacer la vista gorda. Será por dinero…

Un candado en tu boca

sal derramada

Pasan dos minutos de las trece horas de un martes trece desprovisto de ilusión y planes para la señora Cuervo. Consulta la guía de ocio de su ciudad mientras apura una taza de camomila que se le ha quedado templada y mordisquea de forma distraída una galleta rancia de canela. El ruido de fondo de una cafetera industrial a pleno rendimiento, las cucharillas golpeando la porcelana, el incesante murmullo que encripta decenas de conversaciones y el olor a café colombiano hacen que se empiece a encontrar incómoda en ese bar. A punto está de cerrar las páginas de ese libro que no consigue persuadirla cuando sus cansados ojos insomnes se topan con un breve anuncio sobre la presentación de un libro de cocina dietética: “Un candado para tu boca”. Su exceso de grasa corporal la empuja a leer con interés los datos del evento y mientras lo hace, sin darse a penas cuenta, su dedo corazón se monta sobre su índice en un intento por atrapar la buena fortuna y poder acudir a esa cita ineludible para su encarnizada lucha contra el colesterol y los triglicéridos. Por suerte se encuentra a sólo tres calles del lugar donde se hablará del libro y a veinte escasos minutos de su comienzo. Una sonrisa de victoria aflora entre sus abundantes mofletes y decide no perder más tiempo en un lugar que empieza a olerle a croqueta de jamón y calamares fritos. Se encamina hacia la barra y le muestra a un camarero, que hace lo imposible para no estornudar delante de sus narices, un billete de cinco euros. Éste agarra el papel moneda y lo deposita en la rebosante bandeja de la caja registradora, mientras sus ágiles dedos atrapan las monedas del cambio. Consigue despacharla sin fumigar a la oronda mujer con sus virus pero en cuanto ésta se da la vuelta para irse, el resfriado del hombre muestra su lado menos amable en forma de sonoro y húmedo estornudo. La señora Cuervo no puede evitar girarse desde la puerta y dedicar un respetuoso «Salúd» al enfermo para que el demonio no le entre por la boca.

La sala donde se exponen varias columnas de ejemplares del libro recién horneado está medio llena. La mayor parte de los asistentes comparten la misma preocupación: su sobrepeso. En algunos casos llega a ser mórbido, en otros, un simple exceso de tejido adiposo. La señora Cuervo toma asiento en la primera fila, entre un tipo con aspecto de entrenador de sumo y una mujer pelirroja que se parece a la del anuncio de unas compresas para pérdidas de orina. Consulta impaciente su reloj, todavía faltan unos minutos para que el escritor, autor de esa prometedora arma para combatir michelines, haga acto de presencia. Los de la librería han cuidado hasta el último detalle. Han dispuesto una gran mesa con ejemplares de la obra, una serie de ingredientes clave en una dieta sana, otros ejemplos de alimentos y condimentos prohibidos y una gran pancarta con el nombre del libro y de su autor.

La espera la desespera. Está bastante harta de luchar contra una obesidad que sólo obedece a los malos hábitos. Las incontables dietas que inició a lo largo de su vida, sólo le han servido para generar un efecto rebote que ensanchaba su figura en cada fracaso.

Entre aplausos y algún silbido, el señor Aguilar sale a la palestra por fin con uno de sus ejemplares manuscritos en la mano. Su discurso se centra en el autocontrol, la disciplina y la conciencia. Desde el minuto uno, la señora Cuervo se siente seducida por las sabias palabras del ponente. Un hombre atractivo y varonil que expone con claridad meridiana un ideal de belleza saludable. Los minutos le parecen segundos al roce de esa voz que arrebata sus sentidos. Encandilada por su sabiduría se deja aconsejar por los dictados de su manual y los ejemplos que les muestra los graba a fuego en sus lorzas de grasa. Todo va bien hasta que el señor Aguilar toma entre sus torpes manos un bote de sal para hablarles de la dosis diaria recomendada. Sin poder evitarlo, el contenido se precipita sobre la mesa inundando libros y demás objetos. La señora Cuervo aprieta los puños y contrae el rostro en una mueca de horror. Su última esperanza se acaba de gafar entre cloruro sódico y toneladas de mala suerte. Jamás podrá escapar de su cárcel de calorías y sus manías supersticiosas no hacen más que obstaculizar su huida, piensa resignada.

El trofeo impotente

Subasta-Estatuillas-Oscar

Como cada mañana de sábado, Lorenzo se deja acariciar paciente por la brisa marina. Esta vez sufre las inclementes temperaturas de un verano prematuro que le abrasa la piel. Está bastante sudado y ese golpe de frescor oceánico sobre su cara maquillada, se convierte en agua bendita para él. Lleva casi dos horas de pie en una solemne postura y sus castigadas articulaciones empiezan a resentirse.

Por el rabillo del ojo observa como un pastor alemán, que corre desbocado por el paseo de la playa, se aproxima a una velocidad contra la que su dueño no puede competir. Lorenzo teme el desenlace. Aunque le ha pasado otras veces, no termina por acostumbrarse a esos canes, carentes de todo tipo de modales, que le dejan una líquida propina en su cestillo para monedas. El perro llega hasta su posición y comienza a olisquear su perímetro en busca de aromas que descifrar con su hocico. Antes de que su amo le dé caza, el maleducado chucho levanta su pata derecha y evacua sobre los tres euros con sesenta y cinco céntimos que Lorenzo había conseguido recaudar. Está tentado a renunciar a su hierática postura y pegarle un espadazo en el estómago a ese insolente de cuatro patas, pero el señor que parece su dueño está ya demasiado cerca y le saca medio metro, con lo que Lorenzo se amilana ante las posibles consecuencias sobre su integridad física.

El hombre de dimensiones imposibles e inabarcables y mandíbula sobresaliente, echa mano de su perro con un gesto poco o nada amistoso y baja la cabeza ante Lorenzo a modo de disculpa.

Disculpe, lo siento muchísimo —entona avergonzado por el regalo que le ha brindado su mascota,mientras extrae su cartera del bolsillo .

Lorenzo no puede evitar su irritación, pero trata de disimularla con la profesionalidad que le ha llevado a ser una de las mejores estatuas humanas del paseo. Convertirse en galardón de los Oscars de Hollywood, no era de las ideas más brillantes pero su inmovilidad absoluta era digna de admiración. Parecía hecho de auténtica aleación de estaño chapada en oro.

El robusto hombretón rebusca en el compartimento de los billetes de su cartera y pellizca entre sus dedos dos o tres billetes que deposita en el cesto bajo los pies de Lorenzo. Antes de irse mira fijamente a los ojos de Lorenzo esperando encontrar su perdón y al comprobar que éste ni se inmuta, decide alejarse por el paseo.

El cesto rebosa una ganancia que Lorenzo puede apreciar desde su posición. Si sus ojos no le engañan, el generoso desconocido le ha resarcido con cuatro billetes de cincuenta euros por los daños y perjuicios. Es mucho más de lo que ganaría en todo el fin de semana, así que decide premiarse con un merecido descanso en el chiringuito y aliviar su calor con un refresco bien helado. Se disponía a bajar de su pequeño pedestal cuando una pareja de gitanos de unos quince años le asaltan por la retaguardia. Uno de ellos, el más alto y moreno, aprieta algo que parece una navaja contra su costado mientras le sugiere que no le conviene moverse. A Lorenzo se le paraliza también el corazón del susto y como puede, retoma la posición de la ansiada estatuilla por tantos actores y obedece las órdenes de ese violento mocoso, mientras el más pequeño procede a recoger con rapidez toda la recaudación del cesto. Una vez limpio de dinero, porque de orines sigue manchado, el gitanillo sale a la carrera a la máxima velocidad que le permiten sus anoréxicas piernecillas. El otro permanece apuntando con su arma blanca a Lorenzo que, al borde de un ataque de nervios, se le ha dado por rezar. Nunca ha creído en nada, pero es su primer asalto a mano armada y el miedo le lleva a actuar de manera más espiritual que racional.

Cuando el pequeño está bien lejos de su alcance, el que le tiene doblegado en contra de su voluntad, le amenaza con repetir su visita si les denuncia a la policía o si va tras él. Lorenzo siente como la presión del arma disminuye contra su piel y en menos de lo que tarda en parpadear, el joven se pierde entre la gente por el paseo llevándose además de su dinero, su dignidad. Lo único que puede recoger ahora Lorenzo del saco de las monedas, es un puñado de impotencia que le va a amargar el resto del día y parte de su existencia.