El trofeo impotente

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Como cada mañana de sábado, Lorenzo se deja acariciar paciente por la brisa marina. Esta vez sufre las inclementes temperaturas de un verano prematuro que le abrasa la piel. Está bastante sudado y ese golpe de frescor oceánico sobre su cara maquillada, se convierte en agua bendita para él. Lleva casi dos horas de pie en una solemne postura y sus castigadas articulaciones empiezan a resentirse.

Por el rabillo del ojo observa como un pastor alemán, que corre desbocado por el paseo de la playa, se aproxima a una velocidad contra la que su dueño no puede competir. Lorenzo teme el desenlace. Aunque le ha pasado otras veces, no termina por acostumbrarse a esos canes, carentes de todo tipo de modales, que le dejan una líquida propina en su cestillo para monedas. El perro llega hasta su posición y comienza a olisquear su perímetro en busca de aromas que descifrar con su hocico. Antes de que su amo le dé caza, el maleducado chucho levanta su pata derecha y evacua sobre los tres euros con sesenta y cinco céntimos que Lorenzo había conseguido recaudar. Está tentado a renunciar a su hierática postura y pegarle un espadazo en el estómago a ese insolente de cuatro patas, pero el señor que parece su dueño está ya demasiado cerca y le saca medio metro, con lo que Lorenzo se amilana ante las posibles consecuencias sobre su integridad física.

El hombre de dimensiones imposibles e inabarcables y mandíbula sobresaliente, echa mano de su perro con un gesto poco o nada amistoso y baja la cabeza ante Lorenzo a modo de disculpa.

Disculpe, lo siento muchísimo —entona avergonzado por el regalo que le ha brindado su mascota,mientras extrae su cartera del bolsillo .

Lorenzo no puede evitar su irritación, pero trata de disimularla con la profesionalidad que le ha llevado a ser una de las mejores estatuas humanas del paseo. Convertirse en galardón de los Oscars de Hollywood, no era de las ideas más brillantes pero su inmovilidad absoluta era digna de admiración. Parecía hecho de auténtica aleación de estaño chapada en oro.

El robusto hombretón rebusca en el compartimento de los billetes de su cartera y pellizca entre sus dedos dos o tres billetes que deposita en el cesto bajo los pies de Lorenzo. Antes de irse mira fijamente a los ojos de Lorenzo esperando encontrar su perdón y al comprobar que éste ni se inmuta, decide alejarse por el paseo.

El cesto rebosa una ganancia que Lorenzo puede apreciar desde su posición. Si sus ojos no le engañan, el generoso desconocido le ha resarcido con cuatro billetes de cincuenta euros por los daños y perjuicios. Es mucho más de lo que ganaría en todo el fin de semana, así que decide premiarse con un merecido descanso en el chiringuito y aliviar su calor con un refresco bien helado. Se disponía a bajar de su pequeño pedestal cuando una pareja de gitanos de unos quince años le asaltan por la retaguardia. Uno de ellos, el más alto y moreno, aprieta algo que parece una navaja contra su costado mientras le sugiere que no le conviene moverse. A Lorenzo se le paraliza también el corazón del susto y como puede, retoma la posición de la ansiada estatuilla por tantos actores y obedece las órdenes de ese violento mocoso, mientras el más pequeño procede a recoger con rapidez toda la recaudación del cesto. Una vez limpio de dinero, porque de orines sigue manchado, el gitanillo sale a la carrera a la máxima velocidad que le permiten sus anoréxicas piernecillas. El otro permanece apuntando con su arma blanca a Lorenzo que, al borde de un ataque de nervios, se le ha dado por rezar. Nunca ha creído en nada, pero es su primer asalto a mano armada y el miedo le lleva a actuar de manera más espiritual que racional.

Cuando el pequeño está bien lejos de su alcance, el que le tiene doblegado en contra de su voluntad, le amenaza con repetir su visita si les denuncia a la policía o si va tras él. Lorenzo siente como la presión del arma disminuye contra su piel y en menos de lo que tarda en parpadear, el joven se pierde entre la gente por el paseo llevándose además de su dinero, su dignidad. Lo único que puede recoger ahora Lorenzo del saco de las monedas, es un puñado de impotencia que le va a amargar el resto del día y parte de su existencia.

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El ingrediente secreto

Witch-Hat-BroomDecidí visitar a la bruja de Valmojado a pesar de todas las advertencias, pero… así era yo, un ser tan falto de prudencia como de escrúpulos. No me sentía amilanado por todas esas historias que me contaban sobre ella. La voz de mi inexperiencia se pronunció en contra pero la desoí y opté por estacionar mi coche en la entrada de la finca y recorrer a pié los escasos cien metros que me separaban de su guarida de ladrillo caravista y teja árabe. La destartalada Mansión pedía a gritos una reforma completa, pero la propietaria parecía estar a gusto viviendo en tales condiciones de insalubridad arquitectónica, rodeada de espesos matorrales y malas hierbas.

Me planté en la puerta e hice sonar el timbre dos veces. La puerta se abrió y tras ella, un joven de cuerpo atlético me sonrió mostrando una dentadura perfecta. Le indiqué mi propósito y, sin perder ni un segundo, me hizo pasar y me guió por un complicado entramado de pasillos hasta llegar a una habitación de paredes negras. En el centro había un gran sofá redondo de cuero rojo sobre el que descansaban dos mujeres, tan entradas en años como en carnes, y una pareja de adolescentes enamorados que se regalaban furtivas caricias cuando creían que nadie reparaba en sus impúdicas manos. La estancia estaba decorada con minúsculos cuadros de temática satánica a todo color y un gran acuario con peces negros de distintas especies que me producía escalofríos. De pronto se abrió de golpe la puerta que daba acceso a la habitación contigua, de su interior salió otro joven de torso desnudo que me hizo una señal para que entrase. Le miré como quién mira un plato repleto de comida sin apetito y me levanté con mi maletín y muchas ganas de terminar mi jornada.

Me encontré en una gran sala de columnas egipcias y suelos de mármol blanco, un escenario de lujo en contraste con el exterior. Al fondo había una gran piscina redonda de agua termal que descendía en cascada de un lado de la pared. En su interior nadaba desnuda una mujer de cabellos dorados y ojos color miel. Era de una belleza tan frágil que la saludé con un hilo de voz procurando no romperla. Deseaba evitar despertar de esa ensoñación que me atrapaba la razón y empañaba mi realidad con el vapor de su aliento. Ella me sonrió complaciente y me preguntó el motivo de mi visita.

Tengo estómago de hurón, morros de nutria en celo, ancas de rana roja, criadillas de conejo tuerto, hierba mala de Oregón, gusano de mar, bigotes de cobaya ciega, semillas de guindilla chilena, huevas de erizo del mar báltico, plumas de cuervo huérfano… —enumeré casi sin respirar, en un intento por deslumbrarla con mi gran surtido de ingredientes para pociones mágicas.

Sus carcajadas resonaron entre las columnas y llegaron a mí de nuevo, en forma de bofetada. No pretendía hacerla reír, tan sólo quería fardar y a la vez cerrar una venta para que no me echaran. Llevaba ya dos meses como comercial de “Pócimas Anónimas S.A.” y no había logrado vender ni una pata de conejo viejo. Me sentía ridículo.

Al ver mi reacción, Sidonisa salió del agua y me abrazó con fuerza en señal de disculpa. Su húmedo cuerpo empapó toda mi ropa en una invitación a perderme entre sus curvas. La miré hipnotizado y anhelé aproximar mis labios a su jugosa boca. En un arranque de valentía, la besé.

Un fuerte ruido de motor me sobresaltó en mi nenúfar espantando mis recuerdos. Un coche se paró al borde de la charca y de él se bajó una mujer regordeta de unos sesenta años, con malas pulgas y labios pintados a ciegas. Su maraña de pelos quemados por el sol y el tinte, parecía un nido de pardales. En su mano derecha portaba un colador gigante y en la otra, un bote de cristal. Me lancé al agua tan pronto como fui consciente de sus intenciones, pero ella era muy hábil con ese artilugio y, en un descuido, me vi prisionero en una cárcel de cristal con tapa de aluminio.

Estas ancas de rana me vendrán de perlas para mi poción; con esto no fallaré y por fin Leonardo será mío —se prometió la bruja satisfecha con su botín.

Para pasar de ser un vendedor de productos de recetas mágicas a ser el propio ingrediente secreto, sólo hace falta besar a una bruja bella —pensé resignado.

Vía ferrata

via-ferrata-barranco-guiniguada (1)Me giré al escuchar sus pasos, que se volvieron pesados y tensos como la cadena que sujetaba fuertemente con sus manos. De pronto se paró en seco y rígido como un cadáver, quizá fruto del miedo racional o de su vértigo extremo no superado en su primer año de terapia, me propinó una mirada asesina de reprobación. En otras circunstancias, la hubiese acompañado con un movimiento lateral de cabeza pero, en ese entorno de tirolinas, precipicios y paredes verticales, no se atrevía más que a pestañear lo justo para mantener hidratados sus brillantes ojos verde aceituna. Enseguida me dí cuenta de que todavía no estaba preparado para hacer una vía ferrata, al menos ésta de dificultad media. Su parálisis momentánea me acusaba en silencio de haberle convencido de visitar los Dolomitas de esa forma. Seguro que había alternativas menos arriesgadas y más cómodas para visitar los Alpes Italianos, pero no tan emocionantes.

Recordé por un instante su cara de emoción cuando abrió mi regalo días atrás. Tenía que ser algo muy especial que no olvidásemos nunca. Llevábamos diez años juntos y la primera década debía de celebrarse a lo grande. Era mi primera relación estable y la verdad es que habíamos congeniado de maravilla. Con Marcos la vida era muy fácil y divertida. Nunca estaba de mal humor, era como si nada ni nadie pudiese afectarle en su fuero íntimo y todo le resbalaba como si estuviese hecho de algún material impermeable. Nuestro día a día fluía sin incidentes ni tropiezos y la pasión que sentíamos el uno por el otro, llegaba a convertirse casi en auténtica devoción. Para mí carecía de defectos salvo, claro está, su pequeño problemilla con el vértigo. Era un mal menor que, aunque le limitaba para acudir a ciertos lugares, realizar ciertos deportes o simplemente mirar a la calle por la ventana de mi ático, no le impedía disfrutar de muchas otras cosas sobre suelo firme. Cuando le propuse vender sus sesenta metros cuadrados de habitabilidad y mudarnos a mi casa a ras de cielo, el mundo se le cayó encima como un bloque de hormigón. Al principio rehusó mi propuesta amablemente alegando razones de poco peso, que pronto se vieron eclipsadas por otras muchas con las que contraataqué sin dejarle tiempo de reacción. Estaba claro que saldríamos ganando con el cambio. Mucho más espacio, menos gastos de mantenimiento con una sola vivienda, más próximo a cada uno de nuestros trabajos y en una zona de mucha vida cultural. Este último argumento fue el que terminó de inclinar la balanza a mi favor. Las primeras semanas le costó habituarse, se sentía frágil allí arriba. Yo, por el contrario, me sentía poderosa cada vez que me asomaba y veía al mundo envuelto en rutinas desde mi terraza. Yo podía controlarles a todos como si fuesen marionetas y ellos ni siquiera eran conscientes de que les estaba observando alguien desde las alturas. Le recomendé a Marcos que fuese a un psicólogo para tratar su fobia y no lo dudó ni un segundo. La terapia a la que se sometió iba surtiendo su efecto y se le veía cada vez más confiado. Pronto comenzó a acercarse a las ventanas y a moverse por la terraza como un pez en una pecera, libre y seguro de sí mismo. Un día le encontré limpiando los cristales asomando medio cuerpo fuera de la ventana sin preocuparle que estuviese en un décimo piso, entonces supe que estaba preparado para una aventura un poco más extrema, de esas que quitan la respiración. Sería un gran regalo de aniversario que ambos recordaríamos.

Le insté a continuar y no mirar hacia abajo. Estábamos en una de las partes horizontales del itinerario, atravesando un estrechísimo puente colgante. Las vistas de la cadena montañosa eran espectaculares desde esa perspectiva, por suerte no había nada de niebla por lo que la panorámica era de un nítido sobrecogedor. Marcos tenía el rostro congestionado y se estaba poniendo violáceo. Me acerqué a él con intención de transmitirle un poco de valor para afrontar la segunda mitad de esa vía asesina, como la había empezado a denominar él a penas empezar la ruta, pero no se dejó. Me pidió por favor que no le tocase. Estaba paralizado, temblando, con un ataque de pánico que le impedía pensar con claridad. Sentía el corazón desbocado, como si quisiese salir huyendo por su garganta pero la sequedad de ésta le impedía la escalada. Como no me permitió el acercamiento físico, le abracé con todas las palabras de cariño que se me iban ocurriendo, tratando así de evadir esos temores que le impedían continuar. El resto del grupo nos llevaba la delantera.

De pronto, sin darme tiempo casi a reaccionar, Marcos se giró sobre sí mismo y empezó a correr en sentido contrario. Su miedo le cegaba la razón y le llevó a cometer una tontería. Justo cuando alcanzó el principio del puente, se liberó de su arnés, junto con el disipador de energía y del casco, que probablemente le estuviese agobiando desde que iniciamos la aventura. Grité su nombre varias veces pero hizo caso omiso de mi llamada que regresaba con eco a lo largo del desfiladero. Vi como alcanzaba la pared vertical de roca que nos había conducido hasta el puente y comenzaba su ascenso descontrolado asiéndose a las grapas de acero con destreza. Estaba fuera de sí. Me sentí incapaz de ir tras él, estaba aturdida, expectante, desconcertada ante su reacción pero no quería perderle de vista. Notaba una amenazante arritmia golpeándome el pecho desesperada. Cuando estuvo próximo a la cima, observé como su pie derecho se resbalaba del escalón metálico haciendo que perdiese el equilibrio. Ahogué un grito desgarrador y sentí que las piernas me flaqueaban.

Marcos intentó aferrarse a la vida con fuerza, luchando por volver a encontrar un punto de apoyo, pero el peso de su propio cuerpo se convirtió en un lastre que no pudo controlar y sus manos se soltaron de la última grapa de la roca. Sólo entonces, cerré los ojos incapaz de seguir mirando…

PRIMER ENTRENAMIENTO

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(Texto revisado, modificado y enviado para el libro de recopilación de ejercicios)

 

El reloj marcaba las cinco de la tarde. Mientras apuraba el último cigarro del paquete, María terminaba de darse los retoques finales. Aplicaba con precisión felina el colorete sobre sus pómulos blanquecinos, confiriéndoles una vitalidad ficticia que contrastaba con su estado de ánimo alicaído. Su prolongada situación de desempleo la iba transformando poco a poco en un ser desganado y falto de energía. Tenía que dar carpetazo a la depresión que la estaba asolando, pues la prestación que percibía del Gobierno estaba llegando a su fin y pronto tendría que vérselas con doña miseria.

Estaba nerviosa e inquieta a partes iguales por la inesperada propuesta. El miedo la absorbía, pero entonces se acordaba del saldo de su cuenta corriente que, años atrás, rebosaba por las comisiones que le propinaban las ventas de pisos. Luego llegó la crisis inmobiliaria y con ello, el punto y final a veinte años de experiencia.

Se perfiló los labios en tono frambuesa, enmarcando una sonrisa fingida que asomaba en su boca seca. Necesitaba beber. Corrió hacia la despensa y localizó una botella de Bombay Saphire, regalo de su hermano Fer por su cuarenta cumpleaños. Enseguida notó un cosquilleo en la sien, mientras la ginebra dibujaba un reguero de fuego en su garganta. Bebió un último trago directamente de la botella y se dispuso para salir. Bajó a la calle decidida, ignorando una creciente cobardía que trataba de hacerla desistir de sus propósitos. Sus tacones le iban haciendo promesas sobre el asfalto hasta que se topó con la boca del metro. Cinco paradas y un transbordo la separaban de su destino.

Se encontraba perdida entre las estanterías. Con disimulo, hacía que leía los títulos en los lomos de todos los libros que la asediaban; sus números de localización se clavaban en ella como si la interrogasen por su atuendo demasiado descarado. Recorrió con rapidez la zona de enciclopedias y diccionarios. Fisgoneó entre los volúmenes que se agolpaban en la sección de ciencias sociales. Keynes la señalaba con el dedo, haciéndola sentir culpable por no haber terminado la carrera de economía. Paseó tímidamente entre las publicaciones de Filosofía hasta dar con el lugar donde exhibían las novedades. Su mirada ahumada se fijó en un libro: «El boligrafo de gel verde» de Eloy Moreno; tenía buena pinta y como su cita no estaba en el punto acordado de la biblioteca del Global Center, se decidió a tomar asiento y leer su hallazgo resignada mientras esperaba la llegada de su furtivo encuentro.

—Buena elección —le susurró de pronto una voz ronca en su oreja, terminando la frase con un mordisco en el lóbulo.

María pegó un brinco en la silla a la vez que ahogaba medio grito. El otro medio, había resonado en la sala de lectura haciendo que varios estudiantes clavasen sus irritados ojos en la pareja. No habían pasado ni cinco minutos desde que se había sentado, pero la historia que leía la había atrapado desde la primera línea.

—Martín, llevo mucho rato esperándote —mintió.

—Lo he leído hace cosa de dos meses… es una buena historia. Hace que te replantees ciertos aspectos de la vida… —comentó él ignorando su ataque y tratando de calmarla. La notaba bastante nerviosa y apestaba a ginebra.

—¿Qué le has dicho a Sonia?, ¿sospecha algo?, ¿vas a contárselo? —preguntó impaciente.

—Tranquila mujer —dijo Martín tratando de serenarla —mi mujer sabe que soy un profesor muy competente. Le he dicho que tenía exámenes que revisar en la facultad. Somos amigos, ¿no?. Confía en mí. En cuanto a lo de contarle lo nuestro… El año que viene, tal vez.. —bromeó con una amplia sonrisa.

—Mira, no estoy para bromitas, esto solamente lo hago porque necesito el dinero ¿vale?. Cuando me lo propusiste, pensé que no tendría ovarios de venir, pero aquí estoy… —Un escalofrío la invadió —Así que… ¡Acabemos cuanto antes!.

—Jajaja… —Martín no pudo evitar la carcajada. Analizándolo fríamente, era una situación un tanto cómica; estaba a punto de engañar a su mujer con la mejor amiga de ésta y en un escenario familiar, ese que tantas noches le había dado cobijo durante sus años como estudiante universitario.

Al fondo, un señor de pelo canoso y gafas de media luna con pinta de bibliotecario, les instaba a guardar silencio.

—¡¡Mmm … la noto muy impaciente señorita!! —prosiguió Martín, en tono jocoso, mientras su mano se deslizaba por debajo de la mesa hasta toparse con su muslo.

—Este es el trato: Un polvo rápido en el lavabo, me das la pasta que acordamos y cada uno a su casa, ¿estamos? —remarcó María empezando a notarse acalorada. A pesar de todo su amigo le resultaba atractivo y, aunque le pareciese aberrante que su fantasía fuese montárselo con ella en ese templo del saber, necesitaba el dinero. No quiso saber sus motivaciones, ni se planteó si quiera si era la primera vez que engañaba a Sonia. Sus tripas se hicieron corazón y desactivó la voz de su conciencia para los próximos minutos. Quizá esto le sirviese como entrenamiento para lo que tenía en mente. Su cuerpo todavía era objeto de deseo y había visto en la tele casos de gente que subsistía dignamente dedicándose al negocio de la carne. ¿Por qué no iba ella a poder cambiar su vida?

De fobias y hurones

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De niño siempre fui un poco simplón, quizá más de lo normal. Mi mente infantil, nunca se preocupó de todas esas cosas que los proyectos de persona tienden a plantearse cuando están en plena etapa de crecimiento. Mi mayor paranoia era descubrir donde había dejado tirado el chupete el día anterior; me pasaba horas y horas buscándolo a la desesperada, hasta que por fin daba con el en cualquier rincón de la casa, agazapado estratégicamente para despistarme. El vicio del chupeteo lo dejé bastante tarde. Recuerdo vagamente escenas de colegio una vez superado el preescolar, con lo que deduzco que la vergüenza superó con creces mis ganas de mamar a una edad que prefiero enterrar a tres metros bajo el suelo. El síndrome de abstinencia era demasiado poderoso como para que todos los intentos de apartarme de ese consuela-llantos diabólico se quedasen en fracaso, por lo que me dejé arrastrar, sin resistencia alguna, por la necesidad del latex en mi boca hasta que mi mente adoptase la decisión adecuada.

A medida que me iba desarrollando, iba adquiriendo mayor complejidad mental; la parte física, sin embargo, seguía estando dentro de la media. Mi cerebro empezó a hacer acopio de extraños pensamientos que me harían víctima de manías persecutorias y ensoñaciones recurrentes donde el protagonista al que encarnaba siempre terminaba mal parado; de teorías sin pies ni cabeza que ni me molestaba en fundamentar y de ridículos miedos de lo más variopinto que refrenaban todos mis intentos por combatirlos y tratar de llevar una vida normal. Más que aplacar su constante evolución, parecía alimentarlos cada día con el fruto de mi ansiedad.

Mi mente era un gran campo de cultivo donde las fobias crecían veloces a sus anchas y esto me convertía en una persona hermética, introvertida, solitaria y desmotivada para interactuar con el resto de seres. Sin embargo, a pesar de mi rico y complicado mundo interior que obstaculizaba cualquier intento de socializar, conseguí enamorarme. Fue un sábado 16 de junio a las 15:30 p.m. Salí de casa, después de comer unos mejorables macarrones con carne cocinados por la santa de mi madre, para dar un paseo con mi hurón. El parque de las avenidas estaba plagado de palomas y a Bonner, le inspiraban tan poca confianza como a mí, así que decidimos por unanimidad recortar la ruta prevista unos cuantos metros. Tomamos el sendero principal y torcimos a la izquierda, por un camino de piedras y setos que desembocaba en el estanque de las ranas. Con esta especie animal teníamos mayor afinidad. Al llegar al borde de la charca, nos detuvimos a observar la cantidad de mierda que acumulaba el líquido elemento. Las ranas, si las había, porque dudábamos de que en ese ecosistema se diese alguna forma de vida, no daban señales de presencia. Absortos en la superpoblación bacteriana que debía darse cita en ese espacio, no nos percatamos de que alguien pasaba a nuestro lado, hasta que nos saludó amigablemente. Cuando me giré, mis principios de anacoreta se tambalearon como los pilares de un templo. Era hermosa y su mirada hipnótica impedía que mi boca se mantuviese cerrada, ni un sólo segundo, para responder a todas sus dudas y curiosidades sobre la vida de mi hurón. Estaba tan fascinada por mi mascota, que me propuso tomar un refresco en alguna terraza del barrio para que le siguiese contando la vida y obras de Bonner, que lejos de ser interesante, a mí me resultaba tediosa y sin objetivos.

Nuria, vivía al otro lado del parque y estudiaba cuarto de veterinaria. Tenía tres años más que ella, pero mucha menos experiencia en todo. Pasamos una tarde agradable. A ella parecían impresionarla todas mis aportaciones a la conversación y la verdad, es que estaba resultando un diálogo de lo más fluido y espontáneo. Nunca imaginé poder hacer algo así con alguien al que no conozco de nada, pero Nuria hacía, de lo imposible, una realidad.

Después de esa tarde, quedamos para ir al cine, un par de cafés, una exposición de arte contemporáneo, una visita al zoo y varios paseos con Bonner de testigo presencial. Llevábamos viéndonos cerca de un mes, cuando sin programarlo, me dijo que le gustaba. Esa tarde, me desarmó totalmente y no supe qué responder. Bajé la cabeza y observé incómodo el suelo de piedra del parque, fijándome en cada adoquín por separado, analizando su estructura. Nuria se aproximó divertida y tomando mi cara entre sus manos, me obligó a mirarla. Sentía como mi piel ardía al contacto de sus ojos y presentía una fuerte inquietud por el contacto, no podía soportarlo, pero decidí sepultar mi mayor fobia con montañas de curiosidad morbosa por lo que intuía que iba a suceder. Mi corazón estaba desatado y parecía que quería salirse por la boca de un momento a otro, retumbaban sus latidos acelerados en todo mi pecho, lo notaba subiendo por la tráquea con la sangre presionando sus paredes, sentí muchísima sed, un zumbido en la cabeza que me aturdía y no me dejaba reaccionar, mi lengua estaba paralizada ante la inminente visita de otra de su especie, lo veía venir… y vino. Pronto se hicieron amigas. Jugaron tímidas a tientas, rozándose, acariciándose todos los rincones que descubrían, sintiendo como las glándulas salivales segregaban abundante líquido y convertía nuestras bocas en charcos de placer en los que meterse descalzo. A partir de aquel beso, comenzamos a salir como novios. Nos veíamos con frecuencia ya que sus estudios y mi trabajo de informático, se adaptaban de forma excelente.

Habían pasado tres años desde aquel primer encuentro cuando decidimos ir a vivir juntos. Ella trabajaba de veterinaria en una clínica del centro comercial, a mí me habían ascendido a jefe de equipo en la nueva empresa de sistemas en red que mi vieja filial había adquirido para salvarla de una suspensión de pagos por mala gestión. Las cosas entre nosotros funcionaban de maravilla pero para ello, Nuria había tenido que hacer ciertas concesiones en cuanto a mis manías y aceptar los miedos de los que no pude deshacerme como propios. Mi afenfosfobia fue una de esas cosas innegociables e intratables: tenía un injustificado y anormal miedo a ser tocado y me negaba a sucumbir ante un profesional de trastornos mentales por más que Nuria me insistiese. Aprendió a convivir con ello, y se limitaba a tocarme lo imprescindible en nuestras escenas de cama y en general, en nuestra vida cotidiana. No recuerdo cuando adquirí este temor, pero su potencia alcanzó dimensiones dramáticas incluso para mí que estaba acostumbrado, porque me impedía disfrutar plenamente de la persona a la que más quería; sin embargo, acepté esa fobia como una característica más de mi persona y dejé que la vida pasase sin más.

Nunca imaginé tener que enfrentarme a esto, pero al cabo de unos años de convivencia, sucedió algo terrible para ambos. Nuria volvía del trabajo cuando un mercedes clase A, no frenó a tiempo en el paso para peatones de la avenida de Europa. Fuertes traumatismos a lo largo del cuerpo, contusiones y una ceguera en principio total, fueron las secuelas del trágico accidente de tráfico para mi chica. Vivimos momentos de mucha tensión y ella, que deseaba haberse muerto aquella tarde, no podía concebir una vida que no pudiese entrarle por los ojos. Era triste, pero tenía que superarlo y yo tenía que ayudarla. Pasó mucho tiempo hasta que aprendimos a enfocar el futuro con otro objetivo. Fue por esto, por lo que tuve que enfrentarme con uno de mis mayores temores. Nuria había sustituido el sentido de la vista por el del tacto. Necesitaba tocarlo todo para visualizarlo en su interior y así, hacerse una idea de lo que la rodeaba. Conmigo no pudo hacer excepciones y yo, no podía negarle su nueva forma de ver la vida, así que tuve que superar mi fobia poco a poco y permitirle a sus manos largos paseos por mi piel. Al principio, me sentía raro, vulnerable, expuesto a unos roces inocentes que solo pretendían construir mis emociones, mis cambios de humor o simplemente, responder a mis preguntas en forma de caricia, pero pronto dejé de sentirme así porque ella necesitaba tocarme como algo vital y mirando apenado sus ojos vacíos, no pude negarme a dejarme ver.

Cuando Sophie fue Giselle

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Nunca había visto a la abuela tan nerviosa; ni siquiera la vez en que nos despedimos en la habitación del hospital justo antes de operarse, estaba tan aterrada y eso que iban a extirparle un tumor en el hígado y era una intervención bastante delicada, según el doctor Irureta.

Le temblaban las manos como a un anciano víctima del parkinson y su voz, se había vuelto tan fina como un hilo de seda de araña. Me besó repetidas veces mientras su abrazo me resguardaba de ese ambiente frío y húmedo del camerino. Olía a moho y el mobiliario del lugar recordaba con pereza un pasado colmado de sofisticación y elegancia donde se estrenaban producciones brillantes y se daban cita mareas de espectadores ansiosos, colapsando las taquillas. Le deseé «mucha mierda» creyendo que había escogido la expresión adecuada para aplacar un poco su ataque de histeria, pero mis palabras parecieron agrandar su manojo de nervios, por lo que me limité a observarla con ojos bañados en admiración y darle un último beso en sus sonrosadas y arrugadas mejillas. Ella se dejó querer y luego, me echó para darse los últimos retoques.

Había cumplido ya los 68 años, pero su aspecto le daba opción a reducir la cantidad de primaveras en una decena al menos, por coquetería o por evitar la depresión que la ancianidad lleva pareja y en la que no quería caer bajo ningún concepto. Para mí, seguía siendo un bonito cisne con ganas de volar al que adoraba. La veía estupenda, todavía conservaba una figura esbelta y de porte atlético fruto de todas esas horas de trabajo, sudor y lágrimas que vertió a lo largo de su vida profesional. Mantenía una vida saludable practicando ejercicio de forma regular, equilibrando su dieta y durmiendo mucho. Tanto su estilo de vida como su filosofía eran el mejor ejemplo que pude seguir y a los que me agarraba como un clavo ardiendo cuando fracasaba en mis metas. Siempre me recordaba que una retirada a tiempo es siempre una victoria y así lo había hecho ella justo cuando estaba en la cumbre de su éxito. Una lesión a los 42 años la había apartado de los escenarios durante más de seis meses y consideró que había llegado el momento de colgar sus zapatillas de puntas y dedicarse a otra cosa. Una dura decisión para alguien que vivía por y para el ballet. Su casa estaba llena de objetos que mostraban su afición.

Desde la puerta entreabierta del camerino, era testigo de las últimas pinceladas de carmín sobre una boca que había dicho demasiadas verdades. El maquillaje le confería un aire más juvenil y realzaba su belleza natural sobre el resto de compañeras de actuación. Ella se da cuenta de que todavía sigo entre bambalinas y me lanza una mirada reprobatoria, que hace que tome conciencia de sus deseos de soledad interior los últimos minutos, antes de que el telón la exhiba a la multitud. Alcé una mano, la arrastré a los labios y me arranqué un beso que le soplé cargado de energía positiva. Me dirigí a mi asiento reservado. Bob esperaba impaciente mi regreso leyendo el programa de próximos eventos en el Rialto que, a pesar de estar de capa caída, parece que todavía la rentabilidad alcanzaba para cubrir gastos y seguir pagando sueldos a un personal que había envejecido a la par que la decoración. Esperábamos expectantes que el pesado telón de terciopelo granate levitase en señal de comienzo. El resto de la familia, se apiñaba una fila más atrás. Mi hermano Rober con su nueva novia Patricia, que se había vestido como si fuese la madrina de una gran boda rusa. Mis padres con cara de descontento por el calor que hacía en la sala, no paraban de criticarlo todo aliándose con mis dos tías solteras. Les informo de que la abuela está deslumbrante y que a pesar del ataque de ansiedad que la estaba dejando sin aire, sentí que en el fondo, era muy feliz enfrentándose a esta actuación.

Un grupo de excompañeros que trabajaron en la compañía de la que formó parte durante su juventud, decidieron volver a reunirse después de cuarenta años para volver a sentir ese cosquilleo que les llevó por todos los escenarios de este y otros países. Era como reencontrarse consigo mismos de nuevo, con su pasión, con una vida enterrada en sus recuerdos de forma superficial, con el gusanillo nervioso que les pellizca el estómago antes de que el telón les exponga a un ávido público, en definitiva, era como volver a ser esos jóvenes de antaño llenos de ilusiones y sueños. Se habían preparado durante los últimos meses “Giselle”, un ballet en dos actos, con música de Adolphe Adam y coreografía de Coralli y Perrot, si bien, lo habían adaptado para que durase una hora aproximadamente. El Rialto, les permitió celebrar esa especie de aniversario en un pase el jueves por la noche para familiares y amigos, que finalmente se decidió también aperturar para el resto de público que desease volver a deleitarse con las viejas glorias de la danza clásica. Una opción acertada, porque el teatro estaba al cien por cien de su capacidad.

Sophie Coleman, esperaba impaciente su turno dentro del decorado una vez iniciado el primer acto. Estaba muy nerviosa pero trataba de acompasar su agitada respiración al ritmo de los tímidos violines, sabía que una vez saliese de la casa de cartón piedra que la ocultaba del gran escenario para reunirse con su amado en forma de poesía corporal, toda la tensión se disiparía en el aire como una bruma matinal y … así fue.

El calcetín rojo

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Caía la tarde y Lucía se disponía a cerrar su tienda de ropa. Hacía un calor asfixiante y los aires acondicionados, trabajando a jornada completa, aumentaban en varios grados la temperatura de la ciudad. Para ser lunes, había tenido una recaudación más que decente y eso provocó una ligera sonrisa en un rostro perfectamente maquillado, que se negaba a revelar su verdadera edad. Como cada tarde, desde que tenía el horario reducido de verano, pensaba en su lista de cosas por hacer para aprovechar el resto del día. Sentía la necesidad de que tenía que mantenerse ocupada hasta la hora de acostarse, de lo contrario, daba el día por perdido y según la concepción que tenía de su propia existencia, no podía permitirse ese lujo.

Una vez efectuado el recuento de caja, elaborada la lista de pedidos para el día siguiente y guardado en su caja fuerte parte del dinero de las ventas, se dirigió a la puerta para iniciar la rutina del cierre. Conectar la alarma, cerrar la puerta de cristal de seguridad, bajar la verja metálica y sujetarla con un viejo candado en la parte inferior.

Caminaba decidida, según indicaciones de su estricta agenda electrónica, hacia el boulevard de Crawn. Iba a recoger un paquete en correos, cuando alguien la asalta agarrándola bruscamente del brazo derecho. Antes de que pudiese girarse para protestar, el desconocido acerca la boca a su oreja y le susurra tajante:

—Señorita Rojo, procure no llamar la atención, siga mirando al frente y acompáñeme hasta ese megane que está estacionado frente al quiosco. Voy armado —se apresuró a decir, ante los movimientos de Lucía para desprenderse de las zarpas de su cazador, que le estaban dejando el brazo sin circulación.

—¿Quién demonios es usted? ¿qué es lo que quiere de mí?—quiso saber Lucía, amedrentada por las últimas palabras del desconocido mientras, por el rabillo del ojo, alcanzaba a ver los pelos de una barba negra espesa que le rozaban la sien como si fuese su enamorado. Era un tipo alto, de complexión fuerte por la firmeza con la que la retenía, vestido con traje oscuro y que olía ligeramente a Jean Paul Gaultier. Realmente estaba asustada, la idea de morir esa tarde de agosto, no estaba entre las cosas por hacer de su lista, ni lo estaría en muchos años. Era algo para lo que no estaba ni física ni mentalmente preparada.

—Guarde silencio y siga caminando, por favor, no haga usted que me enfade, tengo muy malas pulgas … — le advirtió mientras su mano incrementaba la presión sobre su antebrazo.

La vida a su alrededor, seguía su curso con lenta indiferencia. Nadie se percataba de la situación. El tráfico fluido, los viandantes absortos en sus propios problemas, los niños correteando en dirección al parque con expresión de júbilo, los perros disfrutando de su segundo desahogo y un sin fin de rutinas que se sucedían ajenas a su rapto.

El extraño al que, por fin, Lucía puede ver de frente cuando se paran ante el coche, le sugiere que entre en la parte trasera. Dentro, huele a tapicería recién estrenada y los cristales ahumados, preservan la intimidad de sus ocupantes. Se sienta obediente y se da cuenta de que hay alguien más en la parte de delante del automóvil al lado del conductor, otro tipo robusto y fornido que sujeta el volante con excesiva firmeza. Una señora de aspecto arisco, con un vestido burdeos de pedrería, gafas de sol y una pamela que le cubre parte del rostro, pierde su mirada en el infinito como queriendo ocultar sus intenciones. Lucía busca el cinturón de seguridad. Está colocándoselo mientras piensa en lo ridículo de la situación. Secuestrada por unos extraños probablemente armados hasta los dientes y ella, preocupándose por no morir si tenían un accidente de circulación. El desconocido que la apresó, se sienta a su lado sin perder detalle de todos sus movimientos. La mujer del sombrero se quita las gafas y se vuelve hacia ella lentamente.

Lucía siente una mezcla de vergüenza, alivio y confusión al mismo tiempo.

—¡ ¿Mamaaa?!! —exclama aturdida.

—Shhhh… no grites querida, sabes que no me gusta que eleven la voz — repone la señora atusándose el pelo.

—Pero… ¿qué clase de broma de mal gusto es esta? Estaba realmente asustada, joder.¡¡No me puedo creer que todo esto sea cosa tuya!! Estás chiflada ¿lo sabes no? —sigue pregonando Lucía para liberar el estrés acumulado en el breve trayecto.

—No es ninguna broma, Lucía. Vas a venir con nosotros y harás lo que yo te diga ¿de acuerdo?

—Ni hablar, éstas no son formas, yo me voy de aquí ahora mismo —protesta Lucía mientras se desabrocha el cinturón y trata de abrir la puerta del coche que previamente había sido bloqueada.

El hombre de la barba, saca una pistola de debajo de su americana y apunta hacia Lucía que aparta su berrinche al instante y se vuelve a colocar el cinto mientras maldice su suerte una y otra vez.

—¿Vas a matarme? Yo alucino contigo mamá, desapareces un día sin despedirte de nadie y ahora regresas de este modo con estos tipejos para ¿secuestrarme? ¿has perdido el juicio? —interrogaba una Lucía fuera de sí.

A una señal de la mujer, con la otra mano, el hombre extrae de su bolsillo izquierdo un calcetín de un color rojo intenso largo como una media. Se lo alcanza a Lucía, que lo mira incrédula y le ordena que se tape la boca con él, atándolo en la nuca. Así lo hace sumisa, decidiendo seguir ese juego de locos para el que no encontraba sentido. Todo era ridículo, los dos extraños con pinta de mafiosos, su madre vestida como para una boda, el secuestro express sin venir a cuento, la chistosa mordaza de calcetín rojo… nada parecía real.

Llegan a un camino empedrado y se paran delante de un portalón de aluminio pintado de verde botella. Una especie de nave industrial. Se bajan todos del coche y acceden al local. Dentro estaba un poco oscuro y olía a moho. A ambos lados se agolpa maquinaria pesada, que algún día había estado a pleno rendimiento. Lucía observa el entorno con cautela, caminando todo lo despacio que le permiten. Al fondo de la nave hay un sillón de polipiel marrón. Ese sería su trono. La sientan y la atan de pies y manos, sin dejar de apuntarla con la pistola. Su madre la mira con los ojos vidriosos, como si verla así, le doliese por dentro. Lucía está atónita y expectante. El corazón comienza a desbocársele y el juego ya no tiene nada de gracia.

—Lucía, querida, ahora vas a llamar a tu padre y vas a pedirle que haga una transferencia a una cuenta que yo te daré. Quiero que ingrese 2 millones de euros antes de este viernes. No le dirás que estoy contigo, tu y yo no nos hemos visto. Dile que estás secuestrada por unos encapuchados y que tu vida corre peligro si no deposita el dinero cuanto antes. Sé breve y colabora, o de lo contrario… nunca saldrás de aquí viva.

No podía creerse que su madre tuviese las agallas para hacer algo así. Tenía que estar en serios problemas para necesitar esa cantidad de dinero y actuar de ese modo así que, decide colaborar con ellos, más por pena que por temor a que la maten.