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Le pedí un te quiero con los ojos empapados en rutina
y él respondió con una mirada preñada de ternura
y un beso tan apasionado que las caricias rezaban en voz alta.
Me gustaba reírme de la vida apoyada en el quicio de su sonrisa
y parpadear una y otra vez para saborearle de cerca y sin prisa.

Le pedí un destino en el que perder la vergüenza
y él me susurró al oído todas esas sombras mojadas
que proyectan el deseo en constante desequilibrio.

Le pedí un abrazo sin espinas, de los que duran eternidades,
de los que te despiertan arrugas en el rostro
y ganas de contar centímetros,
y él… sin soltarme ni un segundo,
me regaló parte de su tiempo.

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La forma de vencerte

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Me he despertado con tus versos en los labios

y no concibo manera más bonita

de vencer las horas muertas

y las espinas de un día a punto de nacer,

que me ha prometido ser mejor que ayer,

aunque ya no le crea.

Llevabas ese sabor a lluvia entre los ojos,

la mirada más pirata que he conocido

y tantos enigmas en la espalda

que no me canso de combinar tus lunares

en busca de contraseñas que me dejen quererte.

Y yo que tengo escarcha en los recuerdos,

colirio en la boca

y un loco corazón para aliviar malos tragos,

rebusco entre mis derrotas la forma de vencerte,

pero no encuentro fracasos, sino victorias

y entonces, me paro, te pienso…

y me absuelvo de todas esas veces

que te puse por bandera sin mirarme en el espejo,

que te esperé descalza en cada bar,

y en tu lugar, sólo venían suicidas valientes

que con más dientes que copas

se atrevían a competir con tu ausencia,

la misma que vuelvo a encerrar por rutina

las noches que asoma.

La forma de vencerte tiene días malos,

días tristes y usa perfume barato,

tiene la sonrisa prematura, el paladar reseco,

mucho frío y escasos recambios,

pero ha aprendido a dormir sobre tu piel

sin almohada y sin vergüenza

y a mantener el equilibrio sin caerse

cuando le toca y cuando me tocas.

Y me absuelvo de todas esas veces

que te usé de pañuelo sin ganas de llorar,

que deseé un para siempre a tu lado,

porque una noche es poco rato

que te maldije en prosa, en verso y en pincel,

que te quise sin fronteras y dejándome la piel,

que me fui y no me detuviste,

que volví y no lo agradeciste

que te dije ven…

pero tú sólo supiste…

guardarme el sitio en tu pecho

por si decido regresar.

Tus nombres

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A veces te llamo suelo,

porque eres el lugar donde siempre me dejo la piel y me rompo los dientes.

Te llamo cielo, aunque no me gusta,

porque eres esa cometa que despliega mis ganas de volarte

cada vez que me das la espalda para dormir.

A veces te llamo en sueños, en llamas, en las nubes y en Babia;

te llamo de mil formas y sé que tú no vas a contestarme…

Lo ilógico sería que lo hicieses si ya no estás.

Con la mañana todavía pegada a la mirada,

te dedico mi primera sonrisa del día

para que sepas

que también existen silencios bonitos,

aunque no se prodiguen en mi boca,

que te dicen todo lo que necesitas oír sin palabras.

Esperar ser tu universo

cuando sólo soy ese trocito de cosmos que gatea por las vías,

deseando que no pase un tren que lo arroye,

es como seguirte de lejos con las pupilas bañadas en celos

y la razón oculta tras unas gafas sin graduar.

Estoy tan ciega queriéndote

que no se me ocurre mejor forma de autoengaño

que llorarte de risa cuando tu orilla parece separarse de mi piel.

Éste, es mi primer brote sin rima,

sin gracia, sin argumentos que te hagan regresar

y se ha quedado huérfano por no poder susurrarte al oído

que nuestras prisas eran el remedio

contra esa soledad que contagiamos de optimismo.

Restos del 9º naufragio

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Arrastro esa sonrisa desvelada a lo largo de las horas de un día que, como yo, no se detiene a esperar que la tomes de la mano y le prometas eternidades. Sabe tan bien como tú que para siempre es mucho tiempo y no quiere pedir limosnas. Mientras tanto pienso en todas esas formas en que intentamos resolver el puzzle de nuestros cuerpos y en cómo la madrugada desnudaba todo rastro de fatiga, dejando al descubierto sólo las ganas aceleradas por la inercia de un boca abajo tan provocador como prohibido.

Y te miro hacer autostop a mi aliento y agarrarte a sus curvas con la fuerza de un tornado que todo lo arrasa, con esa manía tan tuya de beberme el alma a sorbos largos y esa tendencia tan mía de creerme rehén de tu tibia irreverencia y adicta a todos tus ríos de tinta cuando desembocan en mi boca, cuando no puedes aguantar más y estallas rompiéndote en mil sobre mi pecho. Y te digo que me hagas verano con la escarcha resbalando por tus labios y tú, obediente, me susurras con ese tono de insomne atrevido palabras sucias que copulan con mis ganas de verte en blanco, rozándome el suelo con esa parte de ti incapaz de sentarse y mirar.

Y calculo inciertos en ese silencio que nos abriga los sudores, cuando tus manos me leen todas las metáforas que mi piel te brinda y despejo la niebla de tus zonas más grises para saciarte con recreos que tocan techo y van más allá de lo ilegal.

Mi cabeza ya no entiende de espacios vacíos porque tú rellenas cada hueco, ni de pozos sin fondo porque me has abierto los abismos, ni de tuercas pasadas de rosca porque tienen un número ilimitado de vueltas y jamás nos cansaremos de girar sobre sus ejes.

En mis labios todavía puedo notar los restos del naufrágio en ese océano que lleva tu nombre, el sabor de esos charcos de vainilla helada sobre tu espalda, la luz de una vela que intuye caricias sofocadas y ese fin del mundo escrito en tus ojos cuando te sumerges en mí y me atrapas la vida. En mis manos ya sólo queda el aroma de esos minutos en ON que destilas a tientas sobre mis caderas, de los gemidos que despilfarras cuando encallas en mi orilla, de tus avenidas que cruzo sin mirar y de todos los semáforos que me salto cuando te inyecto fuego en la garganta.

Y hoy, en esta madrugada vestida, mientras recojo todos los restos que me hicieron un poco más tuya… me pregunto cuándo volveré a naufragar…

Cuando me paro a pensarte…

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Eres esa inmunidad absoluta que me prometí alcanzar alguna vez; un cuerpo que ha hecho fracasar a mi intolerancia a la lactosa y adoctrinar sus remilgos hasta la comprensión. Y cuando me paro a pensarte descarrilo en las rectas porque mi sonrisa es demasiado curva y los pálpitos que resuenan un palmo más abajo de mi cintura sólo son malos consejos cuando se desprecian por falta de tiempo y valor.
Es verdad que la locura que atropella cada vida que me apuesto no sabe de limar asperezas, por eso sigo demente, por eso sigo narcotizando mis sueños despiertos en cada paso de cebra que cruzo sin mirar, por eso rompo mis costillas contra el silencio de tus espinas y te hago cierto, exacto y perfecto. Tan preciso como esas olas que remontas cuando huyes del hastío, de las voces de una ciudad que huele a fatiga y sudores tempranos, de la melancolía pintada en las aceras, en las farolas, en los poros de tu memoria cuando se empeña en hacerte bailar entre recuerdos fallecidos. Y despliegas tus alas rotas en forma de cometa y sientes el viento azotándote la nostalgia como si quisiese arrancarte todas las humedades del pasado y te notas vivo y capaz. Y, hoy, este presente que ves preñado de incógnitas por esa acérrima manía que tienes de vivir sin timón, sin anclas y sin banderas que te definan, se te antoja prometedor cuando presientes mi piel a escasos minutos de distancia y te dejas embaucar, otra vez, por el regusto de ese tacto ciego que te sabe a tanto y te deja los poros con ganas de más.
Eres el delito que nunca me canso de cometer, la fracción de tiempo que me dispara a ciegas entre las piernas y siempre acierta, el cauce que se desborda cuando todos mis afluentes le inundan. Y como una resaca de mar empañada en el espejo de algún bar, cuando todo me sale indecente y cuando el antro se vacía de gente y de risas, y yo imploro a alguno de mis musos que pueda alcanzar los talones de algún poeta callejero, reaparece tu sonrisa tras la espuma de mi cerveza y me envuelve todos los miedos y me desnuda el alma tan despacio que puedo notar como sube tu marea cuando te dejas naufragar en mí….

 

La humedad de tus recuerdos

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La humedad de tus recuerdos me arruga el alma,

me acartona todos los sabores a despecho sin parir

y me drena todos los charcos que hablan de ti sin mirarte.

Sé que vuelves a asomarte cada vez que tus latidos se paran,

cuando notas que la brisa se ausenta para dejarte a solas

en ese rincón que nos guardaba los secretos,

dónde desnudábamos las palabras hasta los huesos,

dónde mis preguntas eran tus derrotas y

tus respuestas esa droga que habitaba en mi boca,

justo antes de taparme los ojos con pactos cojos

y compromisos huérfanos de voluntad.

A veces tengo la sucia tentación

de enjaular tu memoria entre mis piernas

y esperar que se derrita hasta su total extinción.

A veces tengo la sórdida idea

de equidistar, en torno a mi ombligo,

cada gota de sudor que me empapa el pudor

cada vez que te siembro en mi almohada

y tu acento se rebela contra todos mis silencios,

contra mis sueños paralizados por falta de licencia

y es, entonces, cuando tu memoria vuelve

para hacerme de las madrugadas insomnios,

para recrearse en mi paladar y pasearse por mi lengua,

para jurar en vano sobre mi abdomen.

Y yo me ahogo la rabia en el contenedor del plástico,

porque abogo por los cuentos reciclados

cuando todos sus finales fallecen entre incógnitas.

Y moriré siendo esa huella húmeda

que empape tus mejillas cada 15 de julio;

esa que un día te hizo pintar futuros sin pincel

y construir castillos sin cemento

por falta de ganas, de agallas y de tiempo…

Boceto de una tarde de jueves

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Esa curiosa sensación de morder asfalto hirviendo con los dientes rotos y el sudor amenazando con traspasar la tela de tu vestido, no son sino algunas de las irónicas ventajas de viajar a primera hora de la tarde en la línea 5 de ese invento subterráneo de irritante frecuencia en días de paros intermitentes.

Una pareja se muerde las ganas de follarse con los ojos y con la propia vida, si les dejan cinco minutos a solas, apoyándose contra la puerta del vagón. Ella exhibe su rolliza y arrugada axila izquierda a modo de reclamo, que va en conjunción con su desacertado vestido ajustado, y que más que realzar su figura la convierte en sinónimo de atroz. Él realiza panorámicas de su escote y su erección va aumentando por segundos, los que tarda su intelecto nivel tortuga ninja en recrear imágenes obscenas con ese tocinito de cielo de caderas anchas que le invita a adentrarse en su canalillo. Ella, con su escaso metro cincuenta y su melena negra azabache, se contonea a ritmo de vía desgastada y aprovecha los vaivenes de los engranajes desaliñados de un metro aquejado por los años y la explotación, para frotar sus muslos contra el centro de gravedad de ese macho alfa de piel tostada que parece querer ponerla mirando al andén, en lo que tarda ella en bajar una vez las persianas a sus pupilas caribeñas.

A mi lado va sentado uno de esos insectos adolescentes que despiertan tus instintos más homicidas y siembran, con sus actos, tus ganas por practicar cortes con ese cuchillo de sierra que te arrepientes de no llevar esa tarde entre tus productos de maquillaje. Su móvil emite la misma canción de Alex Ubago para todo el vagón. Una y otra vez, hasta que memoricemos la letra y la invoquemos como un mantra. Lejos de pegarse el sonido a su oreja, decide compartir tan empalagosas melodías conmigo girando su dispositivo hacia mi nuca y yo, tengo dos opciones: matarle o ponerme los cascos a todo volumen para contrarrestar. Soy cobarde y no me apetece ensuciar mis manos con un rh en plena pubertad, así que opto por la opción menos cruel. Lo que me permite seguir presenciando el panorama concentrándome en las escenas mudas.

Enfrente tengo una señora de rasgos latinos, apostaría que podría ser de México DF porque de sus nudillos sobresalen las asas de una bolsa de “mexican factory” burrito´s home y porque tiene cara de haberse envenenado la faringe con un jalapeño, o eso, o su marido la está dejando por whatsapp. No me extraña… ese vestido de figuras geométricas con el que ha decidido comerse hoy Madrid, podría condenarse con pena de prisión por escándalo público con agravante. Sonrío para mis vísceras y lamento ser tan observadora aunque, en realidad, siempre me ha gustado otear al mundo desde la barrera del disimulo. Vuelvo a sonreír porque caigo en la cuenta de que lo que yo considero “disimulo”, para los que me conocen bien se llama “descaro crónico”. A su izquierda se sienta un señor entrado en carnes y en años, que todavía se cree que llevando las gafas de sol puestas nadie se percatará de su incisiva mirada de pervertido venido a más. Lástima que derroche su maltrecha e incipiente ancianidad en cosechar saliva, cada vez que unos pechos rebosantes pugnen por liberarse de las garras de algún sujetador cedido por el exceso de carga. Pero no le culpo, allá cada cual con sus hobbies. Que se quede con el recuerdo tanto como le permita su ajada memoria e intente masturbar su apetencia en la sombra de su salita de estar si el vigor anoréxico de su cuarta edad se lo consiente.

A mi otro lado va una joven de melena rizada que no para de atusarse sin descuidar la pantalla de mi móvil con el rabillo de su ojo derecho. Estoy empezando a rozar con mi empeine las mieles de la ira. ¡Puta manía de meterse en las vidas del prójimo!

Muy cerca tengo a un hipster de barba recortada y gafas de pasta, que le dan ese toque intelectual y sibarita del que presumen muchos, cuando en realidad lo más cerca que han estado de acariciar la cultura es cuando por error su navegador les abre una página al azar de la wikipedia. En este caso, este especimen me expide cierto olor a mente cultivada. Va enfrascado en la lectura de alguna novela digital que le suscita cierto interés, ya que parpadea lo imprescindible para evitar la sequedad ocular, y que dado su semblante rígido y aséptico bien podría ser de Houellebecq o incluso de Bolaño.

No me apetece seguir psicoanalizándo vidas anónimas y me centro en la música que retumba en mis oídos. Voy demasiado agotada del gimnasio, harta de ver líneas rectas en un mundo que para mí tiene mucho de tangentes por las que salirse y acalorada por este prematuro verano que nos ha robado la escasa brisa por sorpresa. Sólo llevo vestido un “quiero hacerte sudar, sudar y respirar”. No sé por qué me viene a la mente Ferreiro si a mí me ponen los morenos y, últimamente, tengo la posibilidad de gozar del usufructo esporádico de un cuerpo esculpido por el kitesurf, al que ahora le debe estar aflorando una sonrisa entre pícara e irreverente porque me conoce más de lo que presumen muchos y porque ha sabido retar a mi mente como pocos  y estoy segura de que no le sorprende que su esencia se escurra entre mis líneas de vez en cuando o… quizás todas las veces mientras el viento siga soplando a favor.

Al llegar a mi parada, me incorporo, me coloco el vestido, recojo mi bolsa de deporte del suelo y me encamino hacia las puertas que un señor de pelo canoso y camisa de cuadros se digna en abrir para mí. A veces, te tropiezas con gente muy amable que te sube la sonrisa un par de escalones. La serpiente de metal me escupe al andén y la tarde recién parida, de este jueves abrasador, me susurra al oído que las caras y los gestos de la gente se olvidan mientras mis tacones resuenan por toda la estación.